Textos extraídos del Misalito “Sobre tu Palabra” septiembre-octubre de 2024
23.er domingo del Tiempo Ordinario (B)
3.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 35,4-7a)
Decid a los que tienen el corazón apesadumbrado: «Ánimo, no temáis. Aquí está vuestro Dios: llega la venganza, la recompensa divina. Él viene en persona a salvaros». Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos. Entonces saltará el cojo como un ciervo y la lengua del mudo gritará de alegría, porque brotarán aguas en el desierto y correrán torrentes por la estepa. La tierra abrasada se convertirá en un estanque, el suelo sediento en manantiales de agua. - Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
«¡Dios viene a salvaros!», grita el profeta Isaías a las multitudes desanimadas. Los signos que anuncia el profeta son fácilmente reconocibles, porque se trata de fenómenos físicos: ciegos que vuelven a ver, cojos que saltan, mudos que gritan, desiertos que dejan caer abundantes ríos de agua fresca. Estas cosas sucederán realmente: cuando venga Jesús, su vida estará llena de milagros; estos sirven para despertar a las masas y siempre han estado presentes en la historia de la Iglesia (basta pensar en la vida de los santos). Una vez despertadas a la fe, las personas pueden acceder más fácilmente a la verdadera comprensión de la misión de Cristo, que no es simplemente la curación de los cuerpos, sino la salvación de las almas. Por tanto, la Iglesia es siempre carismática, porque la acción de la gracia no ha cesado; siempre habrá ciegos que vuelvan a ver y enfermos que se curen de repente. Después, todos estos, junto con los sanos, son tomados de la mano y conducidos ante el milagro de los milagros: el pan que se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino que se convierte en su Sangre; para tener la vida, la verdadera: la vida eterna.
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol Santiago (Sant 2,1-5)
Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro Señor Jesucristo, Señor de la gloria, esté libre de favoritismos personales. Supongamos que en una de vuestras reuniones entra alguien con un anillo de oro en el dedo, vestido lujosamente, y entra también un pobre con un vestido gastado. Si miráis al que está vestido lujosamente y le decís: «Tú siéntate aquí cómodamente», y al pobre le decís: «Tú ponte ahí de pie», o bien: «Siéntate aquí, a los pies de mi taburete», ¿no estáis haciendo discriminaciones y convirtiéndoos en jueces de criterios perversos? Escuchad, mis queridos hermanos: ¿acaso no ha elegido Dios a los pobres a los ojos del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a quienes lo aman? - Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Lo hermoso de la vida cristiana es el amor que se irradia en todas las direcciones. «La santidad se reconoce por los matices», decía un místico del siglo pasado. Si una persona realiza un gran milagro en nombre de Jesús y todos lo aclaman como santo, pero después trata siempre de forma violenta y descortés a las personas molestas o se comporta servilmente con los ricos y con arrogancia con los desdichados, ese hombre no es santo. Pensemos en santa Teresa del Niño Jesús: en vida nunca hizo ningún milagro espectacular, nunca entró en éxtasis ni experimentó bilocación, pero toda su santidad se realizó en los pequeños gestos de bondad hacia sus hermanas de religión, en la humilde y serena aceptación de las diversas dificultades de la vida conventual... cosas que cada uno de nosotros puede hacer sin esfuerzo. «Un pequeño acto de amor puro vale más que todas las obras de la Iglesia juntas», escribió san Juan de la Cruz. Fijémonos, pues, en las pequeñas cosas, santifiquemos nuestro día con actos de amor intenso hacia todos, hagamos verdadero nuestro amor con las cosas mínimas que la vida cotidiana nos propone continuamente.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Marcos (Mc 7,31-37)
En aquel tiempo, Jesús, dejando la región de Tiro, pasó por Sidón y llegó al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentaron un sordo que apenas podía hablar y le pidieron que le impusiera las manos. Él lo apartó de la gente y, a solas con él, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua; y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», que significa: «Ábrete». Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no se lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, más lo proclamaban. Y, llenos de admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos». - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Este es uno de los pocos milagros que Jesús realiza en privado. Antes de actuar, el Salvador lleva al sordomudo lejos de la gente, para estar a solas con él. «Cuando ores, entra en tu habitación y ora a tu Padre en lo secreto», había dicho un día el Maestro a las multitudes. El secreto, la reserva, sirven para entrar más profundamente en relación con aquel a quien amas. En este caso, el milagro es como un don personal y oculto para una sola persona; no se realiza para que Jesús sea reconocido públicamente como un gran sanador taumaturgo. Pensándolo bien, también es así para cada uno: puedo participar en una Misa abarrotada, pero cuando recibo la santa Comunión, todo sucede en la intimidad entre Jesús y yo. Ante todo, el amor es un intercambio mutuo entre dos personas: yo me entrego y te recibo, tú te entregas y me recibes. Tal vez por eso el milagro se realiza con gestos graves y solemnes: los dedos, el toque, la mirada al cielo, las palabras pronunciadas... Ese diálogo debe continuar después en secreto con Jesús, sin decir nada a nadie. Este milagro del sordomudo es como nuestra santa Misa: Jesús nos toca, nos cura y nos hace vivir su vida.


