Textos tomados del Misal “Sobre tu Palabra” enero-febrero de 2025
5.º domingo del Tiempo Ordinario (C)
1.ª sem. salterio
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Isaías (Is 6,1-2a.3-8)
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado en un trono alto y elevado; las orlas de su manto llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas. Se proclamaban uno a otro, diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos! Toda la tierra está llena de su gloria». Temblaban los umbrales de las puertas al resonar aquella voz, mientras el templo se llenaba de humo. Y dije: «¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros; y, sin embargo, mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos». Entonces uno de los serafines voló hacia mí; llevaba en la mano un carbón encendido que había tomado del altar con unas tenazas. Me tocó la boca y dijo: «Mira, esto ha tocado tus labios, por eso ha desaparecido tu culpa y tu pecado ha sido expiado». Después oí la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?». Y respondí: «¡Aquí estoy, envíame!». –
Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
El texto nos presenta la vocación de Isaías, inserta en una visión en el templo, para subrayar la dimensión espiritual y religiosa de este momento. El comienzo nos ofrece algunos datos históricos útiles para contextualizar el acontecimiento: «El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor». La segunda escena representa al Dios altísimo en un contexto de himnos y sonidos, para subrayar su grandeza: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos». Finalmente, se subraya la pequeñez de Isaías al sentirse implicado en este escenario: «¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros…». Pero la vocación es iniciativa de Dios, como explica el serafín que se acerca a Isaías: «Uno de los serafines voló hacia mí… me tocó los labios y dijo: “Mira… ha desaparecido tu culpa”». La llamada no depende del hombre, sino de una elección de Dios: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?». E Isaías respondió: «¡Aquí estoy, envíame!». Si al principio sintió el peso de su propia insuficiencia, después del encuentro con el serafín comprendió que todo depende de Dios. Dios sigue formulando su pregunta dirigida a cada uno: «¿A quién enviaré…?». Ahora espera mi respuesta y la nuestra: «¡Aquí estoy, envíame!».
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor 15,1-11)
Les proclamo, hermanos, el Evangelio que les anuncié y que ustedes recibieron, en el cual permanecen firmes y por el cual se salvan, si lo conservan tal como se lo anuncié. ¡A menos que hayan creído en vano! Porque les transmití, ante todo, lo que yo también recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y luego a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez: la mayoría de ellos todavía vive, mientras que algunos han muerto. Además, se apareció a Santiago y luego a todos los apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, como a un aborto. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no fue vana. Al contrario, trabajé más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. Por tanto, tanto ellos como yo, esto predicamos y esto han creído ustedes. -Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
Ante la dificultad de los corintios para creer en la resurrección de Jesús, Pablo recuerda que lo que está anunciando no es una fábula, sino -dice el texto-: «Les proclamo el Evangelio que les anuncié y que ustedes recibieron…». Sus palabras están respaldadas por su testimonio personal: «Les transmití… lo que yo también recibí», y por lo que vivieron y narraron quienes fueron al sepulcro: los Apóstoles. Pablo no comprende esta «rebeldía» de la comunidad, hasta el punto de expresar una duda sobre esta dificultad de ellos: «¡A menos que hayan creído en vano!». De este modo, devuelve a la comunidad al surco de la fe apostólica, invitando a cada uno a creer en esta palabra y este testimonio. Esta advertencia también vale hoy para cada uno de nosotros, porque ante la dificultad y la duda de la fe, corremos el riesgo de perseguir quién sabe qué respuestas, cuando tenemos a la Iglesia, madre y maestra.
EVANGELIO
Del Evangelio según Lucas (Lc 5,1-11)
En aquel tiempo, mientras la gente se agolpaba a su alrededor para escuchar la palabra de Dios, Jesús, junto al lago de Genesaret, vio dos barcas a la orilla. Los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Subió a una barca, que era la de Simón, y le pidió que se alejara un poco de tierra. Se sentó y enseñaba a la gente desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar». Simón respondió: «Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Así lo hicieron y recogieron tal cantidad de peces que las redes casi se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos fueron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a las rodillas de Jesús y le dijo: «Señor, aléjate de mí, porque soy un pecador». Y es que el asombro se había apoderado de él y de todos los que estaban con él por la pesca que habían hecho; lo mismo les sucedía a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Y, después de llevar las barcas a tierra, dejándolo todo, lo siguieron. - Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio
La vocación de Isaías (primera lectura) nos ha preparado para comprender el significado del texto del Evangelio, donde se nos presenta la experiencia de Pedro. Jesús tiene que hacer frente a la multitud y, al subir a una barca, pide alejarse un poco de la orilla para poder hablar con tranquilidad. Al terminar su discurso, dice a Simón: «Rema mar adentro y echad vuestras redes». Simón queda perplejo: «Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada…». Simón es un pescador experto, hasta el punto de ser un líder, y sabe bien que todos los pescadores tienen los ojos puestos en él. La pesca se realiza de noche, no por la mañana, y remar mar adentro significa arriesgarse de una manera nueva. Si fracasa, ¿qué dirán los demás? Ese es el miedo de Simón. Y mientras piensa en todo esto, añade: «Pero, por tu palabra, echaré las redes». El evangelista anota: «Y recogieron tal cantidad de peces». Así, si el duro trabajo de la noche no produjo nada, la confianza en Jesús trajo abundancia. Al mirar a Simón -pecador como nosotros-, aprendemos a remar mar adentro, a dejar nuestras seguridades y nuestros cálculos para echar las redes de nuestro compromiso allí donde el Señor nos lo pide. No quedemos prisioneros de nuestras experiencias limitadas ni del juicio ajeno; confiemos. Él hará lo demás.
