II domingo después de Navidad
2.ª sem. salt.
«En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios». La liturgia de este domingo vuelve a proponer el Prólogo del Evangelio de san Juan, proclamado solemnemente en la tercera misa del día de Navidad. La Palabra de Dios se hizo carne, hombre, persona humana como nosotros. El infinito se hizo finito, lo invisible se hizo sensible. La Palabra de Dios entró en nuestra humanidad y se convirtió en parte activa de los acontecimientos humanos. Tomar el Evangelio en las manos cada día, leerlo y ponerlo en práctica es la mejor manera de conocer, acoger y llevar a Jesús a los demás. En estos días, pues, miremos el belén, miremos a Jesús, recojámonos ante él con el corazón abierto y digamos una oración delante de este Niño que, con su sí, nos ha regalado la salvación.
Textos extraídos del Misalito “Sulla Tua Parola”, enero-febrero de 2021
PRIMERA LECTURA
Del libro del Eclesiástico (Eclo 24,1-4.12-16 (NV); [gr. 24,1-2.8-12])
La sabiduría hace su propio elogio, en Dios encuentra su gloria, en medio de su pueblo proclama su grandeza. En la asamblea del Altísimo abre la boca, ante sus ejércitos proclama su grandeza, en medio de su pueblo es ensalzada, en la santa asamblea es admirada, en la multitud de los elegidos encuentra su alabanza y entre los benditos es bendecida, mientras dice: «Entonces el creador del universo me dio una orden, el que me creó hizo que plantara mi tienda y me dijo: “Fija tu tienda en Jacob y recibe tu heredad en Israel, echa raíces entre mis elegidos». Antes de los siglos, desde el principio, él me creó, y por toda la eternidad no dejaré de existir. En la tienda santa, delante de él, ejercí mi ministerio, y así me establecí en Sion. En la ciudad que él ama me hizo habitar, y en Jerusalén está mi poder. Eché raíces en medio de un pueblo glorioso, en la porción del Señor está mi heredad, en la asamblea de los santos fijé mi morada». – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
«Eché raíces en medio de un pueblo glorioso, en la porción del Señor está mi heredad, en la asamblea de los santos fijé mi morada». El libro del Eclesiástico nos presenta la sabiduría, es decir -considerando el valor etimológico de la palabra-, el sabor, el gusto de la realidad más profunda presente en Dios. Como indica también el Evangelio de hoy, es la misma sabiduría que ha plantado su tienda, sus raíces, en nosotros. Esto es evidente si pensamos en tantos hombres y mujeres que han aceptado acoger la palabra de Dios, los sacramentos, la pertenencia a la Iglesia. La lectura tiene un tono solemne, propio de quien quiere comunicar algo y a Alguien verdaderamente importante, más aún, fundamental. Se pasa de la eternidad de los siglos a la «plenitud del tiempo», en la que Cristo vive la encarnación, unida estrechísimamente al mismo misterio pascual. De los espacios inmensos de los cielos más desmesurados se llega con precisión milimétrica a Jerusalén, la ciudad de Dios. En realidad, sin embargo, no se hace referencia a una ciudad de piedras, que pueden ser destruidas, sino a un pueblo que nunca tendrá fin. Este encuentra su germen en el Antiguo Testamento y su plenitud en Cristo y en sus discípulos. Preguntémonos, pues: ¿seremos fieles a la vocación de ser una «asamblea de santos»?
SEGUNDA LECTURA
De la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 1,3-6.15-18)
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e intachables ante él por el amor, predestinándonos a ser para él hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al designio amoroso de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos concedió en el Amado. Por eso también yo [Paolo], al enterarme de vuestra fe en el Señor Jesús y del amor que tenéis hacia todos los santos, no dejo de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda un espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo profundamente; ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os ha llamado y cuál la riqueza de gloria que contiene su herencia entre los santos. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos». Como recuerda el rabino Giuseppe Laras, ya para el pueblo judío la bendición «es un bien universal que todos necesitamos. […] Evidentemente, el presupuesto para la bendición es la disponibilidad para sentir y ver a Dios como dueño del mundo, a quien debemos un agradecimiento y una bendición. Está claro que nos movemos dentro del difícil camino de la religiosidad: bendecir a Dios, tener fe en Dios, sentir a Dios, sentirlo cerca aunque esté lejos». Para nosotros, los cristianos, como hemos escuchado en la carta de san Pablo, en la bendición está ciertamente todo esto, pero también mucho más. Se crea una especie de circularidad de la bendición: de la humanidad a Dios, puesto que el mismo pueblo se siente beneficiado por el don de Jesucristo, Dios hecho hombre. Los hombres y mujeres podemos permitirnos bendecir cristianamente a Dios Padre solo en cuanto respondemos a su iniciativa de gracia, gratuita e inmerecida; Dios ha plantado su tienda en nosotros: Jesús nunca está lejos.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Juan (Jn 1,1-18)
En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo fue hecho por medio de ella, y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de ella, pero el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron les dio poder de ser hijos de Dios: a los que creen en su nombre, que no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que han nacido de Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria como del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y proclama: «Este es aquel de quien yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». De su plenitud todos hemos recibido: gracia tras gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
«Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros». La Palabra, mejor dicho, «la Palabra» (que es una Persona, es Jesús), se hizo carne. Se trata de una acción particular y concreta, ocurrida en el pasado, pero cuyas consecuencias siguen siendo actuales y presentes. La Palabra es aquello de lo que Juan ha hablado hasta ahora como principio de la creación: Aquel que da vida a la historia universal y a Israel, la Persona por medio de la cual se realiza la encarnación y el nacimiento de la comunidad cristiana. Si meditamos sobre estos dos ámbitos, la Palabra divina y la carne humana, y sobre el vínculo que se teje entre ellos, no podemos sino estremecernos primero de asombro y después de una alegría indecible y plena. En el pasado, algunos interpretaban este pasaje así: «La Palabra asumió una especie de manto humano, solo una apariencia de hombre, pero en realidad siguió siendo exclusivamente Dios». Esta interpretación, sin embargo, es errónea, porque, si fuera así, la humanidad no estaría verdaderamente invadida por la vida divina y nosotros no podríamos ser salvados por la Palabra de Dios. Por el contrario, el comienzo del Evangelio de Juan indica que María es la «tienda» (palabra evocada por el verbo «habitó») en la que el Creador establece plenamente su morada. Por medio de María, pues, Dios llegó verdaderamente a cada hombre.

