Julio es un mes que evoca el sol, las vacaciones y la naturaleza y que, junto con los matices propios del verano, se conecta con uno de los misterios de amor que envuelven a todo creyente: el don de Jesús hasta el final, hasta derramar su sangre por nosotros. Este mes, de hecho, hunde sus raíces históricas y devocionales en la Preciosísima Sangre de Cristo, llevándonos a reflexionar sobre el amor gratuito e incondicional que sigue alcanzándonos a través del Señor Jesús.
Una espiritualidad antigua y actual
La devoción a la Sangre de Cristo tiene raíces antiguas que se entrelazan con la historia de la Iglesia y la liturgia. El 1 de julio, de hecho, la Iglesia celebra la fiesta de la Preciosísima Sangre, instituida por Pío IX en 1849 como acción de gracias por el fin de las hostilidades en Roma y la seguridad del pontífice. Y aunque, a primera vista, podríamos percibirla como una devoción antigua y alejada de nuestra sensibilidad, en realidad su espiritualidad habla de nosotros y a cada uno de nosotros porque habla de vida.
Un tiempo para dedicar a la alabanza de acción de gracias
Julio puede convertirse así en el mes para dar gracias en la oración y en la vida cotidiana a Jesús por haber derramado su sangre preciosa por nosotros, por mí. Un gesto que trasciende toda lógica y hunde sus raíces únicamente en el amor que no calcula y desea eliminar las distancias entre Dios y el ser humano. Jesús, el hombre-Dios, al pasar por la muerte, mediante el don de su sangre preciosa nos devolvió la vida, asegurándonos que ninguno de los dolores que atraviesan nuestro corazón le es ajeno; porque él los vivió antes que nosotros y está con nosotros mientras atravesamos los obstáculos de la vida.

Vivir el mes de la Preciosísima Sangre
¿Cómo vivir, entonces, este mes tan especial? La imaginación que nace del amor puede ayudarnos, pero también queremos sugerir que demos una profundidad y un sentido nuevos a aquello que ya forma parte de nuestra relación con Dios: la Eucaristía. Durante el mes de julio, vivamos la participación en la misa con mayor intensidad, con el renovado asombro de quien sabe que el Hijo de Dios nos dejó su Cuerpo y su Sangre para que nunca más nos sintamos solos y para alimentarnos, convirtiéndose en parte de nosotros.

Espiritualidad y solidaridad
Precisamente para comprender que el don de Cristo en su sangre preciosa tiene implicaciones muy concretas, durante este mes reflexionemos sobre la importancia de la sangre para vivir. Sobre la importancia de disponer de sangre suficiente para socorrer a quien la necesita, y sobre la necesidad de hacernos cargo de algo que no está tan lejos de nosotros, ya que cualquiera podría necesitar sangre en cualquier momento.
La sangre no se vende ni se compra, sino que solo se puede donar y recibir como un don. Pensemos en ello, si hasta ahora no lo hemos hecho. Hagámonos algunas preguntas: ¿gozo de buena salud? ¿Puedo donar sangre? ¿Puedo participar en el don de Jesús mediante el don de mí mismo?
Esta dimensión de la devoción a la Preciosísima Sangre nos lleva inmediatamente a la realidad más concreta, dándonos la posibilidad de ser protagonistas de una corriente de gratuidad que nos hace sentir, sin intermediarios, hermanos todos.
La devoción a la Preciosísima Sangre no puede dejar de difundirse en la dimensión de la fraternidad. En este mes de julio, abramos nuestro corazón al otro. Al hermano cercano, al que vive con nosotros y al que no conocemos, pero sabemos que está pasando dificultades. Encomendemos a cada uno al corazón misericordioso de Cristo y, si está a nuestro alcance, hagamos que el don de nuestra sangre pueda convertirse en salud y vida para quien la espera.


