Se acerca el Día de la Madre, que este año cae el 14 de mayo. Queremos celebrarlo reflexionando sobre qué significa hoy ser madres: qué alegrías y qué desafíos implica para la mujer, cada vez más comprometida y protagonista en tantos ámbitos. También queremos preguntarnos de cuántas maneras se puede expresar hoy el hecho de ser madre.
Don
La primera palabra que surge al reflexionar sobre la maternidad es «don»: el don de un hijo que llega y el don de la mujer que lo acoge, sabiendo, desde que recibe la noticia de su llegada, que la vida cambiará y nunca volverá a ser la misma.
Ante este don que nos supera, se experimenta una alegría que da vértigo, pero -¿por qué negarlo?- también se sienten miedo y una sensación de inadecuación: ¿seré capaz de ser madre? Esa es la pregunta que, en el fondo, se hace toda madre, porque no se nace madre, se llega a serlo, día tras día y noche tras noche, mientras acompaña a su hijo a afrontar el camino de la vida.

Desafío
Ser madres en 2023 también significa aceptar un desafío, porque los ritmos del mundo actual obligan a perseguir un tiempo que nunca alcanza y que se reparte entre el hogar, la familia y el trabajo: las mujeres saben ser multitarea y las madres lo saben bien. Además, como se subraya cada vez con mayor frecuencia, es necesario comprometerse para que entre la maternidad y el trabajo no se imponga una alternativa, sino que se alcance un equilibrio.

Entonces se va al trabajo pensando, quizá, que hoy el propio hijo se ha despertado con una expresión extraña que será necesario intentar descifrar, y se vuelve a casa procurando no pensar en un asunto laboral que habrá que resolver al día siguiente… Y se entregan tiempo, sonrisas, cansancio… Y quizá haya que pedir perdón por el nerviosismo o por una frase dicha de una manera que no se quería… pero después basta un abrazo para reencontrar el sentido verdadero y profundo de una vida entregada.
Conquista
Hay madres que viven la maternidad como una conquista, porque quizá esperaron durante mucho tiempo a un hijo que no llegaba o porque decidieron adoptar o acoger en régimen de acogida a un hijo, dándole la vida con el corazón y comprometiéndose a acompañar sus pasos, día tras día, con amor y delicadeza.
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La Madre de todas las madres nos enseña la acogida
Hay muchas maneras de ser madres; la palabra clave que las abarca todas es acogida: disponibilidad para dejarse trastornar la vida por un proyecto más grande que nos supera; disponibilidad para aceptar una aventura maravillosa que lleva a reconocer los propios ojos en los ojos de un hijo y a anteponer su felicidad a la propia.

María nos enseña todo esto, como dice maravillosamente don Tonino Bello: «María sintió el peso físico de otro ser que se instalaba en su vientre materno. Adaptó, por tanto, sus ritmos a los de su huésped. Modificó sus hábitos en función de una tarea que ciertamente no le aligeraba la vida. Consagró sus días a la gestación de una criatura que no le ahorraría preocupaciones ni molestias. Acogió en el corazón y en el cuerpo al Verbo de Dios. Esa hospitalidad fundamental dice mucho sobre el estilo de María, de cuyas otras mil acogidas el Evangelio no habla, pero que no nos resulta difícil intuir. Nadie fue jamás rechazado por ella. Y todos encontraron refugio bajo su sombra. Desde las vecinas hasta las antiguas compañeras de Nazaret. Desde los parientes de José hasta los amigos de juventud de su hijo. Desde los pobres del barrio hasta los peregrinos de paso. Desde Pedro, llorando después de la traición, hasta Judas, que quizá aquella noche no logró encontrarla en casa…».
Felicitaciones, entonces, a todas las madres, incluso a aquellas que continúan protegiendo a sus hijos desde el cielo, porque no se nace siendo madre, pero, cuando se llega a serlo, se sigue siendo para siempre.




