Stefania Falasca, columnista de Avvenire y vaticanista, firma el volumen 25 de la colección Los cuadernos del Concilio; volumen dedicado al capítulo VIII de la constitución dogmática Lumen Gentium sobre la naturaleza de la Iglesia, en el que se habla de la Virgen María.

Virgen Madre
Ante todo, María es madre de Dios. Este tema sirve de hilo conductor en el capítulo que el Concilio dedica a la Virgen. La Lumen gentium confirma la importancia de la Virgen en la historia de la salvación. En efecto, se lee que, por voluntad de Dios, María nace libre del pecado original y que su pronta colaboración con el plan salvífico de Dios la convierte en «madre de los vivientes».
Por eso, su obediencia, su confianza y su maternidad se convierten en ejemplos para la Iglesia.
Una gran novedad
La mayor novedad que introduce el Concilio, al tratar sobre la Virgen, consiste ante todo en que se incluye un capítulo sobre ella en la constitución dogmática sobre la naturaleza de la Iglesia. El capítulo octavo constituyó, por tanto, un giro crucial en la reflexión teológica sobre la bienaventurada Virgen María.
Después de un intenso debate, el Concilio decidió no escribir un documento separado sobre María, para mostrar el profundo vínculo entre María y la Iglesia. El discurso sobre María ya no se presenta por separado, como si ella ocupara una posición intermedia entre Cristo y la Iglesia, sino que se reconduce al ámbito de la Iglesia.

El miembro más excelente de la Iglesia
María es considerada el miembro más excelente de la Iglesia, no fuera ni por encima de ella. Ambas realidades se iluminan mutuamente. Si, en efecto, el discurso sobre la Iglesia arroja luz sobre quién es María, el discurso sobre María arroja luz sobre qué es la Iglesia, «cuerpo de Cristo» y, como tal, «casi una prolongación de la encarnación del Verbo».
Reavivar el culto mariano
El Concilio Vaticano II trató de reavivar el culto mariano, centrándose en María como parte importante de la salvación realizada por Jesús y destacando su papel singular en la misión de la Iglesia. De este modo, quiso favorecer una devoción mariana no superficial, sino orientada a asumir las mismas virtudes de María, en cuanto instrumento elegido para edificar la concordia y la verdadera fraternidad dentro de la Iglesia.

María ocupa el primer lugar
Así, la Virgen María es la nueva Iglesia, la esposa del Hijo de Dios. Y la maternidad de la Virgen es en todo imagen de la maternidad de la Iglesia: «Aquel a quien la Virgen María ha engendrado, la Iglesia lo engendra todavía todos los días». María es quien, en la Iglesia, ocupa, después de Cristo, el lugar más alto y el más cercano a nosotros.
Es hermana y madre de la Iglesia, título que ilumina plenamente el sentido de la íntima unión de María con la Iglesia, donde ocupa, de modo eminente y singular, el primer lugar.
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