Pensamientos de san Pío de Pietrelcina sobre la santa Misa Extraídos del libro “Padre Pío. Un pensamiento para cada día del año”, Shalom, código 8142
Cada santa Misa escuchada con atención y devoción produce en nuestra alma efectos maravillosos, abundantes gracias espirituales y materiales que nosotros mismos desconocemos.
Lo que más me hiere es el pensamiento de Jesús sacramentado: incluso después de haberlo recibido en el Sacramento, el hambre y la sed de él aumentan cada vez más.
Todas las horas del día eran para el padre Pío una preparación o una acción de gracias por la Eucaristía: «Padre, ¿qué es su Misa?». «La unión con la pasión de Jesús. Mi responsabilidad es única en el mundo», dice llorando.
En la santa Misa, todo lo que sufrió Jesús en su pasión, de manera inadecuada, también lo sufro yo en la medida en que le es posible a una criatura humana. Y esto, contra todo mérito mío y solo por su bondad.
No temas acercarte al altar para saciarte de las carnes del Cordero inmaculado, porque nada calentará mejor tu espíritu que su sol y nada lo endulzará mejor que su bálsamo.
El mundo podría estar incluso sin sol, pero no puede estar sin la santa Misa.
Siento tal hambre y sed antes de recibir a Jesús sacramentado, que poco falta para que muera de angustia. Y precisamente porque no puedo dejar de unirme a él, a veces, con fiebre, me veo obligado a ir a alimentarme de sus carnes.
Durante la Comunión, Jesús me besa por completo y se deleita con su criatura. La Comunión es una fusión, como dos cirios que se funden y ya no se distinguen.
Una vez recibido Jesús, casi me olvido de estar en el mundo; la mente y el corazón ya no desean nada.
Terminada la Misa, me quedé con Jesús para darle gracias. ¡Oh, qué dulce fue el coloquio mantenido con el Paraíso! El corazón de Jesús y el mío se fundieron. El mío había desaparecido, como una gota de agua que se pierde en el mar. Jesús era su Paraíso, su rey.
El mejor y único medio para mantenerse fiel a Dios es acercarse diariamente a recibir a Jesús en la mesa de los ángeles.