Acabamos de celebrar la Fiesta del Trabajo (1o de mayo) y desde el escenario del Concertone de Roma se denunció la lacra de las muertes en el lugar de trabajo que, todavía hoy, está presente y sigue cobrándose víctimas: Lorenzo Parelli, que murió mientras hacía unas prácticas de formación profesional, es un nombre que todos conocemos.
Hay un santo, cuya fiesta celebra la Iglesia el 5 de mayo, bajo cuya protección pueden reunirse todas estas víctimas, porque murió en 1836, con tan solo 19 años, a causa de un tumor óseo, provocado muy probablemente por las terribles condiciones laborales a las que lo sometía su tío en su herrería.
Por eso, san Nunzio Sulprizio es considerado protector de los inválidos y de las víctimas del trabajo.
«Sufrid por amor de Dios y con alegría»
Nunzio Sulprizio conoció el sufrimiento desde muy pequeño y supo convertirlo en un instrumento de amor: «Sufrid por amor de Dios y con alegría», decía.
Nacido en los Abruzos, a los 6 años ya era huérfano de madre y padre. Entonces su abuela materna lo envió a Pescosansonesco. Para Nunzio, su abuela fue una auténtica maestra de vida y de fe: de ella aprendió el amor por la santísima Eucaristía, por los sacerdotes y por la bienaventurada Virgen María. El pequeño Nunzio dialogaba con Jesús presente en el sagrario de su iglesia parroquial, donde permanecía largas horas en adoración, hablando con él, y después, al regresar a casa, rezaba el santo Rosario con su abuela. Sin embargo, tras la muerte de su abuela, fue confiado a un tío que lo obligó a trabajar en su herrería, explotándolo sin tener en cuenta que apenas era un niño: cargas pesadas, largas distancias que debía recorrer a pie con cualquier tiempo, pero Nunzio no se quejaba; pensaba en Jesús y comenzaba a ofrecerle su fatiga.

En esta situación, sin embargo, enfermó pronto: una herida en el pie se le infectó gravemente y el muchacho permaneció durante mucho tiempo en el hospital de los Incurables, donde recibió a Jesús Eucaristía por primera vez. Allí ofrecía todo su sufrimiento al Señor y ayudaba a los demás pacientes; ayunaba, rezaba y entregaba su comida a quien estaba más solo y era más pobre que él, realizando incluso verdaderos milagros, como ocurrió con un hombre llamado Nicola La Rosa. Este hombre, ingresado en el hospital por un cáncer de garganta, sufría terriblemente.
La víspera de la partida del pobre hombre -que era dado de alta del hospital para que pudiera morir en su casa-, Nunzio se acercó a él y le dijo: «No tengáis miedo. Ahora os haré una curación y veréis que enseguida os encontraréis mejor». Así, Nunzio quitó las vendas a Nicola y rezó con él; después lo curó. Al día siguiente, los médicos, al examinarlo, se dieron cuenta de que el cáncer de garganta había desaparecido. Otro tío, al enterarse de su situación, lo confió al coronel Felice Wochinger, quien se interesó por él y, cuando salió del hospital, lo acogió en su casa. Entre ambos nació una relación hermosísima, como entre padre e hijo. La tarde del 5 de mayo de 1836, Nunzio pidió al coronel poder recibir los sacramentos y acogió la Eucaristía diciendo: «Venid, Padre mío, Señor mío, Esposo mío, Amor mío». Dos horas después exclamó: «¡Ved qué hermosa es la Virgen!» y se durmió dulcemente en Cristo.
Del sufrimiento, un camino de luz
El papa Pío IX, el 9 de julio de 1859, declaró venerable a Nunzio. El 1 de diciembre de 1963, el papa Pablo VI lo inscribió entre los beatos, como modelo para los jóvenes trabajadores y para todos los jóvenes. Su santuario en Pescosansonesco, que conserva parte de sus reliquias, es destino de numerosas peregrinaciones. Una pared está llena de muletas, pertenecientes a jóvenes que las abandonaron gracias a la intercesión de Nunzio.
El milagro que condujo a la canonización de este humilde trabajador de los Abruzos se refiere a un joven de Tarento que había resultado gravemente herido en un accidente de moto.
Había entrado en coma y después en estado vegetativo: siempre llevaba en la cartera una imagen del beato Nunzio Sulprizio y sus padres solicitaron una reliquia suya a la parroquia de San Domenico Soriano de Nápoles, que conserva sus restos, junto con el santuario de Pescosansonesco. La reliquia fue colocada en la sala de reanimación y el padre del muchacho mojó la frente de su hijo con agua procedente del manantial de Riparossa, donde Nunzio, de niño, se lavaba la pierna afectada por la gangrena. El joven se recuperó del estado vegetativo y, con bastante rapidez, inició un proceso de rehabilitación sin sufrir daños permanentes.
Nunzio nos recuerda la dignidad del trabajo y el bien precioso del sufrimiento ofrecido por amor... ¡es un misterio capaz de difundir luz! Aprendamos de él la humildad y la capacidad de ofrecer sin reservas, y encomendémonos a él con confianza.


