«Nadie nace esclavo, ni señor, ni para vivir en la miseria, sino que todos nacemos para ser hermanos»; estas palabras de Nelson Mandela introducen perfectamente el tema de este artículo: la Jornada Internacional para la Abolición de la Esclavitud, que se celebra el 2 de diciembre.
¿Por qué el 2 de diciembre?
En esta misma fecha, en 1949, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobaba la Convención para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena (que entró en vigor el 21 de marzo de 1950).
Una Jornada que habla del presente
Puede parecernos que esta Jornada habla de algo del pasado, pero por desgracia no es así: la trata de seres humanos, expresamente prohibida por la Carta de los Derechos Humanos, sigue estando especialmente activa. Las últimas cifras disponibles hablan de unos 50 millones de personas reducidas a la esclavitud, entre ellas sobre todo mujeres y menores. De hecho, el papa Francisco subraya: «Aún hoy, millones de personas son privadas de su libertad y obligadas a vivir en condiciones asimilables a las de la esclavitud. Trabajadores y trabajadoras, también menores, sometidos en los distintos sectores, desde el trabajo doméstico hasta el agrícola, desde la industria manufacturera hasta la minería». Los numerosos migrantes «que, en su dramático trayecto, sufren hambre, son privados de su libertad, despojados de sus bienes o sufren abusos físicos y sexuales».
Una Jornada que habla de nosotros
La esclavitud, por tanto, es un problema actual, pero aún podríamos sentirnos tentados a pensar que, en el fondo, no nos concierne… Sin embargo, basta con ampliar la mirada y entender la esclavitud en sentido interior para comprender que esta Jornada también habla de nosotros, nos afecta, nos concierne. Hoy podríamos tener la oportunidad de pensar en todo aquello que nos hace esclavos; somos, en efecto, conscientes de las muchas formas de esclavitud que recorren tristemente nuestro mundo: las numerosas formas de dependencia de las drogas, el alcohol, el juego…; las prisiones interiores, como el rencor y la rabia, que nos atrapan y, sin que nos demos cuenta, nos quitan el aliento y quiebran nuestras alas.
Sí, porque todo esto rebaja nuestra dignidad inalienable como seres humanos, nacidos para ser libres y capaces de reconocernos como hermanos: «Estamos llamados, todos juntos, a construir una sociedad renovada y orientada hacia la libertad, la justicia y la paz», nos recuerda una vez más el papa Francisco.
Un ejemplo luminoso: santa Josefina Bakhita
Lo que acabamos de esbozar parece un camino de pura oscuridad, pero los cristianos estamos llamados siempre a ser portadores de luz, peregrinos de esperanza, según el lema del Jubileo 2025, que está a punto de concluir.
Una testigo indiscutible de esperanza fue sin duda santa Josefina Bakhita: nacida alrededor de 1869 en una aldea africana de Darfur, fue secuestrada y vendida a traficantes de esclavos; conoció una existencia de privaciones y violencia hasta que llegó a Italia, entró en contacto con las Hermanas Canosianas de Venecia y se incorporó a esta Orden.
Su parábola de vida nos enseña a ver lo que nos sucede desde una perspectiva elevada que sabe encontrar luz incluso en la oscuridad más profunda. Bakhita, al mirar atrás, puede decir: «Si me encontrara con aquellos traficantes de esclavos que me secuestraron y también con quienes me torturaron, me arrodillaría para besarles las manos, porque, si no hubiera sucedido aquello, ahora no sería cristiana ni religiosa».
Jesús nos invita a descubrir la verdad de nosotros mismos, en la que también reside nuestra libertad: «Conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn 8,32).
No lo olvidemos, no olvidemos que todos (y cada uno) somos valiosos a los ojos de Dios.



