La humildad de Nazaret
Es conmovedor pensar que el Hijo de Dios, hecho hombre, vivió durante tantos años dentro de una familia única y especial, pero también tan normal, humilde y verdadera, con sus alegrías y sus pruebas.
A menudo la representamos como una familia ideal, tan perfecta que parece inalcanzable. Y, en efecto, puede parecer alejada de la realidad de nuestras familias. Pero esta es una manera equivocada de pensar porque, para decirlo con palabras del papa Francisco, «no existe la Sagrada Familia de las estampitas». En Nazaret «no se habla de milagros, de predicaciones ni de multitudes que acuden; en Nazaret todo parece suceder “normalmente”, según las costumbres de una familia israelita piadosa y trabajadora. Se trabajaba: la mamá cocinaba, hacía todas las cosas propias de una madre. El papá, carpintero, trabajaba y enseñaba a trabajar a su hijo» (Papa Francisco, Audiencia general, 17 de diciembre de 2014).
Del ejemplo y el testimonio de la Sagrada Familia, cada familia puede extraer valiosas indicaciones para su estilo y sus decisiones de vida, y puede obtener fuerza y sabiduría para el camino de cada día. La familia de Nazaret, en efecto, es santa porque está centrada en Jesús. Por eso, la de Nazaret es la familia modelo, en la que todas las familias pueden encontrar un sólido punto de referencia y una firme inspiración. Al observar a la familia de Jesús, José y María, cada familia puede redescubrir su propia llamada, empezar a comprenderse un poco mejor, orientarse en el camino de la vida y sentirse atraída por la alegría del Evangelio.
Hacer que el amor sea normal
El pequeño Jesús, que crece en el amor de la familia, nos recuerda que los proyectos de Dios se arraigan en la humildad de la vida cotidiana: «La familia de Nazaret nos enseña a redescubrir la vocación y la misión de cada familia. Como sucedió en Nazaret, también puede suceder entre nosotros: hacer que el amor sea normal» (Papa Francisco, Audiencia general, 17 de diciembre de 2014). El ritmo cotidiano de la vida, aparentemente insignificante y carente de sentido, puede convertirse en una nueva manera de realizar la llamada específica de la familia: hacer que el amor sea normal. La Sagrada Familia es el signo de la manifestación de Dios en las pequeñas cosas, el lugar donde Dios habita en la cotidianidad y normalidad de la vida.
Si lo pensamos bien, todo lo que vivimos cada día en casa, en el trabajo, en la escuela, aunque no parezca estar directamente relacionado con la tarea de transmitir la fe, en realidad es nuestro camino para hacer normal el amor. Como ocurrió durante aquellos treinta años en Nazaret, así también puede ocurrir dentro de nuestras familias y de nuestros entornos de vida, porque lo que nos cuenta la Sagrada Familia de Nazaret es la historia de la fidelidad de Dios y nada puede obstaculizarla.
Hacerle un lugar a Jesús
Para realizar la llamada de las familias a hacer normal el amor, no se puede sino hacerle un lugar a Jesús. Nuestras relaciones familiares son siempre ocasiones favorables para vivir nuestra relación con Cristo, para encontrar su rostro, su voz, sus peticiones en los rostros, en los ojos, en los gestos de un marido, de una esposa, de un hijo, de un abuelo…
Al hacer normal el amor, cada familia puede ofrecer al mundo una contribución insustituible, para que crezcamos en el amor verdadero y en la solidaridad más auténtica. Ninguna otra escuela puede enseñar el amor auténtico, genuino, digno de confianza y creíble como puede hacerlo una familia.
La oración en familia
Es una oración especial, no es como cualquier otra oración personal. Tiene una eficacia particular. En efecto, Jesús promete a quienes oran juntos, unidos en su nombre, su misma presencia: «Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Él está allí, orando en la familia, con la familia, Jesús mismo, el Todopoderoso, que todo lo puede. Y, si él está allí, ¿cómo podría el Padre no escucharlo?
No hacen falta ríos de palabras; basta la oración sencilla que también se puede hacer alrededor de la mesa rezando un padrenuestro, el rosario, orando unos por otros: el marido por la esposa, la esposa por el marido, los padres por los hijos, los hijos por los padres y los abuelos.
Pistas para la reflexión en pareja/en familia
• ¿Cómo podemos «hacer normal el amor» en nuestra familia?
• ¿Cómo podemos «hacerle un lugar a Jesús» en nuestra familia?
• «Cada una de nuestras familias puede ofrecer al mundo una contribución insustituible»: difundir a su alrededor el «perfume» del amor de Jesús.
• Por tanto, la familia es un «sujeto» fundamental dentro de nuestra comunidad. ¿Cómo podemos valorar la presencia de cada familia?




