«Si no buscas otra cosa que la voluntad de Dios, él siempre te pondrá en el lugar correcto en el momento correcto». Esta frase de Smith Wigglesworth es una buena introducción y, al mismo tiempo, un buen resumen de este artículo que quiere acercarse -aunque sea en las pocas líneas que permite este espacio- a un tema inmenso: la voluntad de Dios en nuestra vida.
«Hágase tu voluntad…»
Esto rezamos en el Padre nuestro, pero, si somos honestos, creo que cada uno de nosotros reconoce haber sido tentado a corregir, al menos con el pensamiento, este pasaje, para decir algo que sintamos más a nuestra medida, que nos deje un mínimo de control: «hágase tu voluntad, pero… acuérdate de lo que espero, de mis proyectos…», olvidando a menudo que nos dirigimos a un Padre que ama y que sueña con nosotros y para nosotros.
No es fácil abandonarse a la voluntad de Dios y, por otra parte, Jesús mismo, antes de entregarse a la muerte, reza de un modo muy humano: «Padre mío, si es posible, ¡pase de mí este cáliz!», para luego abrazar plenamente el designio de Dios: «Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres». Y con esto nos enseña que el miedo humano al abandono puede y debe vencerse.

El Padre nuestro: una oración llena de confianza en Dios
La voluntad de Dios, a veces, nos parece algo lejano: no sabemos descifrarla, nos cuesta comprenderla y por eso nos asusta, porque aparentemente nos deja sin certezas, aunque sea la mayor de las certezas, pues, en el fondo, la voluntad de Dios para nosotros es sencillamente una promesa de felicidad: «Por eso, al rezar “hágase tu voluntad”, no estamos invitados a inclinar servilmente la cabeza, como si fuéramos esclavos. ¡No! Dios nos quiere libres; es su amor el que nos libera. El “Padre nuestro”, en efecto, es la oración de los hijos, no de los esclavos; pero de hijos que conocen el corazón de su padre y están seguros de su designio de amor. ¡Ay de nosotros si, al pronunciar estas palabras, encogiéramos los hombros en señal de rendición ante un destino que nos repugna y que no logramos cambiar! Al contrario, es una oración llena de ardiente confianza en Dios, que quiere para nosotros el bien, la vida, la salvación. El “Padre nuestro” es una oración que enciende en nosotros el mismo amor de Jesús por la voluntad del Padre, una llama que impulsa a transformar el mundo con amor» (papa Francisco).

Luisa Piccarreta: la fuerza de un «Aquí estoy»
En este camino de descubrimiento de la voluntad de Dios para nosotros y para nuestra vida, el cielo nos ofrece una aliada: la sierva de Dios Luisa Piccarreta, quien, en cierto sentido, encarnó la voluntad divina de un modo muy particular; esto hace de ella una mística extraordinaria y grandísima.
Jesús se le manifestó de diversas maneras desde que era pequeña y poco a poco la llevó a comprender cuál era su proyecto para ella: que se conformara en todo y por completo a su voluntad divina para la salvación de los hombres. El proceso es gradual y prevé para Luisa un estado muy particular, el que ella define como «el estado habitual»: un estado que la obliga a permanecer en cama, con todo el cuerpo rígido (mientras el alma es libre de alcanzar las alturas que Jesús le revela poco a poco), del que solo puede despertarla la bendición de un sacerdote. Al principio esto le sucede durante algunos periodos, de vez en cuando, hasta que Jesús le hace esta propuesta: «Si te ofreces a sufrir, no ya como hasta este momento, de vez en cuando, sino continuamente, cada día, durante cierto tiempo, yo perdonaré a los hombres». Ese «cierto tiempo» dura hasta el final de la vida de Luisa: es la segunda mitad de noviembre de 1887 cuando Luisa, al entrar en su «estado habitual», se acuesta para no volver a levantarse.

De un modo muy humano, al recordar aquel momento, Luisa anota años después en su Diario: «Creo que si el Señor bendito me hubiera hecho comprender con claridad la duración del tiempo que debía permanecer en cama, mi naturaleza se habría asustado mucho y difícilmente se habría sometido, aunque recuerdo que siempre estuve resignada; pero entonces no conocía el valor de la cruz como el Señor me lo hizo conocer a lo largo de estos doce años, ni el confesor se habría adaptado a darme la obediencia». De estos pasajes, como de pequeñas ventanas, emerge la humanidad de esta mujer, su sencillez, que hace que nos parezca aún más extraordinaria: está llamada a vivir una vida única en su género, pero sigue siendo también una mujer sencilla, que tiene el valor de confesar sus miedos y sus fragilidades.
La vida de Luisa maravilla e interpela, porque está dividida entre las alturas celestiales (Luisa conversa con Jesús y con la Virgen María y vive gracias espirituales profundísimas) y la concreción del encaje de bolillos, labor de bordado a la que se dedica todos los días una vez que se ha «despertado» de su «estado habitual»; porque es una vida vivida durante casi setenta años en la celda más pequeña que haya existido en el mundo, su cama, sin ninguna enfermedad. ¿Por qué esta paradoja?

Porque Luisa estuvo dispuesta, siguiendo el ejemplo de María, a decir su «¡Aquí estoy!»: el Señor la quiere en esa cama como instrumento de expiación y salvación para la humanidad. Sin embargo, reconocerlo humanamente no basta para comprenderlo; nos preguntamos por qué Jesús quiso esto. La respuesta se encuentra en el hecho de que Jesús confió a Luisa el carisma de comprender y luego comunicar una verdad fundamental: la necesidad de hacer siempre la voluntad de Dios, de vivir perfectamente en su voluntad para encontrar la verdadera felicidad.
Esta mujer pequeña y sencilla, que vivió de una luz interior profundísima, nos enseña cuánta alegría nace de la conciencia de estar en la voluntad de Dios, como escribe en su Diario: «¡Si supierais qué significa la Voluntad de Dios! […] Ella encierra el Cielo y la tierra; si estamos con Ella, todo es nuestro, todo depende de nosotros; si no estamos con Ella, todo está contra nosotros. […] Jesús, con el rostro bañado en lágrimas […], quiere daros su Voluntad. Él llora porque quiere veros felices y, al veros infelices, solloza, suspira, reza por la felicidad de sus hijos; y, al pediros vuestra voluntad para arrancaros la infelicidad, os ofrece la suya, como confirmación del don de su Reino».

