non sei mai solo il tuo angelo custode dono rivoluzionario di dio e alleato nella lotta

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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En una época en la que la búsqueda espiritual suele reducirse a emociones efímeras o a figuras mitológicas abstractas, la verdad sobre el ángel de la guarda corre el riesgo de quedar relegada a un dulce y lejano recuerdo de la infancia. Pero ¿y si les dijéramos que el ángel de la guarda no es un mito ni una fábula, sino una verdad luminosa de la fe católica, una presencia espiritual real? Redescubrir esta figura significa abrir los ojos a la realidad concreta del amor de Dios y a su providencia. Como afirmaba el papa Benedicto XVI, excluir a los ángeles significaría eliminar «una parte considerable del Evangelio». Es hora de desempolvar esta fe y verla tal como es: el ángel de la guarda es un compañero de viaje, un aliado poderoso y un signo vivo de que Dios nunca nos abandona.

El don personal de la providencia

La teología católica enseña que Dios, omnipotente y creador de todas las cosas visibles e invisibles, creó seres puramente espirituales, inmortales y personales, llamados «ángeles». El término «ángel» significa «enviado» o «mensajero». Pero el don más sorprendente de Su solicitud paternal es el ángel de la guarda, asignado personalmente a cada uno de nosotros.
La existencia de los ángeles de la guarda es una verdad de fe. Jesús mismo nos asegura su alta dignidad al afirmar que «sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos» (Mt 18,10). Este «ver siempre el rostro del Padre» constituye la manifestación más elevada de la adoración a Dios. Saber que tenemos a nuestro lado un ser que contempla incesantemente a Dios, pero se dedica totalmente a nosotros, es la señal tangible de que nuestra vida es valiosa a sus ojos.

Ángel de la Guarda

Presencia que libera de la soledad

En un mundo marcado por el individualismo y por una profunda soledad existencial, el ángel de la guarda es la prueba irrefutable de que nunca estamos solos.
El ángel es nuestro protector, es como un embajador de Dios con nosotros, que nos habla con inspiraciones que nos recuerdan continuamente lo que debemos hacer, hacia qué debemos tender, qué personas estamos llamados a ser. Si nos sentimos perdidos o a merced de las dudas, el ángel es la puerta cotidiana a la trascendencia, al encuentro con el Padre, ayudándonos a caminar por el camino que conduce a la vida plena.

Aliado infalible en la lucha espiritual

La vida cristiana es inevitablemente una lucha espiritual. No es una batalla contra “criaturas hechas de sangre y carne, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal”.
En esta batalla, el ángel de la guarda es nuestro aliado incansable y nuestro defensor. Está ahí para ayudarnos a no equivocarnos de camino, resistir la tentación y crecer en santidad.

Cultivar la relación con nuestro amigo celestial

La relación con el ángel de la guarda no es una práctica que deba abandonarse con la edad, sino que debe redescubrirse y cultivarse. San Josemaría Escrivá de Balaguer exhortaba: “Ten confianza con tu ángel de la guarda. Trátalo como a un amigo íntimo y él sabrá prestarte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día”.
La docilidad y la escucha son la clave. El cristiano debe ser dócil al Espíritu Santo, y esta docilidad comienza con la docilidad a los consejos de este compañero de camino.

Una luz hacia el cielo

El ángel de la guarda es un signo vivo de la providencia, una garantía de la presencia amorosa y dulce, materna y paterna de Dios. Dios nos lo ha dado para que siempre recibamos su ayuda en el camino de la vida, protegidos de las asechanzas y conducidos a la gloria eterna de los cielos.
Redescubrir esta verdad significa vivir con la conciencia de que Dios ha dispuesto todo para nuestro bien, poniéndonos al lado un amigo fiel, prudente y poderoso. Al cultivar un diálogo diario y confiado con nuestro ángel, abrimos el corazón a la gracia, y cada paso, incluso el más difícil, estará iluminado por una luz que nos guía sin error hacia la comunión eterna con el Padre.

Nunca estás solo. Tu compañero celestial solo espera una mirada tuya de fe y un gesto de confianza. Confía y camina.



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