Hoy comienza la colaboración entre el padre Alessio Fucile, experto en arte, y el blog Shalom. El padre Alessio nos guiará para profundizar en los momentos más importantes del año litúrgico a través de magníficas obras de arte que, además de despertar en nosotros admiración por su esplendor, pueden ayudarnos a comprender mejor las Sagradas Escrituras y el mensaje de Jesús.
Hoy el padre Alessio presenta el cuadro «Juicio Final» de Beato Angelico, como preparación para la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, que se celebra el domingo.

El «Juicio Final» de Beato Angelico
Beato Angelico fue un pintor italiano del siglo XV perteneciente a la orden dominica. Entre sus obras más famosas se encuentra el «Juicio Final», un cuadro al temple sobre tabla de forma trapezoidal, que mide 105 x 210 cm. La forma inusual del panel deriva del destino de la obra: cuando el célebre humanista Ambrogio Traversari fue elegido abad, los camaldulenses pensaron en adornar con un remate el solemne asiento ocupado por el superior en la iglesia de Santa Maria degli Angeli. Angelico era conocido y apreciado por los camaldulenses, porque había aprendido el arte en el taller de su hermano de orden Lorenzo.
El cuadro representa el tema del Juicio Final, es decir, el momento en que Cristo volverá a la tierra para juzgar a vivos y muertos, separando a los justos de los pecadores. Angelico se inspiró en las fuentes bíblicas y en los textos teológicos para pintar las distintas escenas y personajes del cuadro, pero también añadió elementos innovadores y originales, mostrando su cultura humanista y su maestría artística.
Cristo juez
El centro real e ideal del misterio es Cristo juez, sentado sobre las nubes del cielo y radiante de luz, con las llagas de la crucifixión y rodeado de ángeles. Al dirigir la mirada y la mano hacia la derecha, invita a los elegidos a ocupar un lugar en su reino de gloria, mientras que con la mano izquierda hacia abajo señala la condena de los réprobos, tal como narra el Evangelio: «Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria con todos sus ángeles, se sentará en el trono de su gloria. Serán reunidas ante él todas las naciones, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras» (Mt 25,31-32). La figura de Cristo tiene forma piramidal, que alude a la Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Los ángeles
Todo el cielo está vuelto hacia Cristo: lo miran los ocho serafines rojos que forman una mandorla a su alrededor. Los serafines son los ángeles más cercanos a Dios y aparecen descritos como seres de fuego en el libro de Isaías: «Sobre él había serafines; cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies y con dos volaban» (Is 6,2).
También están dirigidos hacia él los cuarenta y un ángeles que lo rodean en una amplia elipse. El efecto espacial se obtiene graduando en perspectiva su tamaño, desde los más cercanos hasta los más lejanos. Los ángeles están vestidos de blanco o de colores claros, que simbolizan la pureza y la luz divina.
A los pies de la elipse, vueltos hacia los espectadores, hay tres ángeles: el central eleva la cruz triunfante, símbolo de la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. Los otros dos ángeles tocan trompetas para despertar a la humanidad de la muerte, como anunció san Pablo: «He aquí que os digo un misterio: […] en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la trompeta […] los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que este cuerpo corruptible se revista de incorruptibilidad y que este cuerpo mortal se revista de inmortalidad» (1Cor 15,51-53).
La Virgen y los santos
A la derecha de Jesús aparece la Virgen suplicante y envuelta en un manto de luz; al otro lado está pintado Juan el Bautista, el precursor de Jesús, que lo señala con la mano derecha, vestido con una túnica de pelo de camello y un manto rojo, color que sugiere su pasión por Dios, que lo llevará a derramar su sangre con tal de permanecerle fiel.
Le siguen diversos personajes, sentados a la derecha y a la izquierda de Cristo, guiados por Pedro con las llaves y Pablo con la espada. Junto a este último se reconoce a Andrés con la cruz sobre los hombros y, cerrando la serie, a Romualdo con el bastón de ermitaño y el libro de la Regla, seguido de Francisco con las llagas. En la segunda fila, Abel con el cordero, David con la corona real en la cabeza y Santiago con el bastón de peregrino. Junto a Pedro, Moisés con cuernos de luz en la cabeza, Felipe con la cruz sobre los hombros, Juan imberbe, Benito con la disciplina y el libro de la Regla, y Domingo con la estrella sobre la cabeza, el lirio y un libro. En la segunda fila, Abraham vestido de rojo, Bartolomé con el cuchillo en la mano, el diácono y mártir Esteban y, finalmente, el papa Gregorio Magno.

Los elegidos y los condenados
En el centro, abajo, los sepulcros abiertos separan a los elegidos de los condenados: el sarcófago vacío del primer plano es el de Jesús. El horizonte azul difuminado a lo lejos recuerda a las miniaturas francesas, mientras que la luz clara y destilada simboliza la divinidad y remite a la armonía de la creación: «Dios dijo: “¡Hágase la luz!”. Y la luz se hizo. Dios vio que la luz era buena» (Gn 1,3-4).
Los elegidos, a la derecha de Cristo, miran admirados hacia lo alto, hacia su gloria; algunos se abrazan y son acompañados por los ángeles al paraíso, otros danzan en círculo con otros ángeles en un jardín de delicias cuidado hasta el más mínimo detalle, que anticipa la alegría del cielo; otros entran por la puerta del paraíso, abierta de par en par y radiante de luz.
Mientras los elegidos se sienten atraídos por Cristo que bendice, en el lado opuesto los condenados son empujados por monstruos horrendos hacia el infierno. Las rocas, a modo de fosas, se llenan de réprobos según las categorías de los vicios, donde sufren penas conforme a la ley del contrapaso: los perezosos, inmovilizados por serpientes; los lujuriosos, con serpientes y sapos que muerden sus genitales; los iracundos, que se muerden unos a otros; los glotones, obligados a abstenerse de la comida que tienen delante; y los avaros, obligados a tragar oro fundido. Abajo, Satanás, con tres cabezas, engulle a los condenados.
Es singular que en cada uno de los dos grupos haya personas de todas las clases sociales: reyes, papas, príncipes, obispos, monjes, aristócratas o simples miembros del pueblo; Angelico sugiere así que el día del juicio no habrá títulos ni privilegios que alegar. El Señor te acogerá si lo has reconocido en el pobre, en el hambriento, en quien carece de lo necesario y está marginado, en quien sufre y está solo, porque precisamente este es uno de los criterios fundamentales para evaluar la vida cristiana, según el cual Jesús te invita a medirte cada día: «En verdad os digo que cada vez que hicisteis estas cosas a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
Por tanto, “tu” Juicio Final no versará tanto sobre el mal que hayas cometido o no, sino sobre el bien que hayas hecho o no.




