El Viernes Santo nos sumerge en el corazón de la Pasión de Cristo, una noche densa de acontecimientos que han marcado para siempre la historia de la humanidad. Pero ¿y si intentáramos cruzar el umbral de ese relato, dejando de ser simples espectadores para convertirnos, de algún modo, en protagonistas de aquella noche?
Cada personaje de la Pasión -Judas, Pedro, Pilato- lleva consigo un fragmento de nuestras propias contradicciones. En esta serie de reflexiones, intentaremos adentrarnos en sus vivencias para reconocer algo nuestro y dejarnos interpelar por la misericordia que atraviesa incluso la oscuridad más profunda.
Judas. El peso de la soledad
Judas Iscariote abre el dramático relato de la Pasión. A menudo despachada como «la traidora», su figura, en realidad, está envuelta en profundos interrogantes. ¿Qué lo impulsó a entregar al Maestro? ¿Decepción? ¿Ira? ¿Avaricia? Quizá una soledad interior tan profunda que no encontraba lugar ni siquiera en el reducido círculo de los Doce.
El padre Bruno subraya que Judas, aunque era «uno de los Doce», vive una soledad existencial que se transforma en una soledad fatal. Nos preguntamos: ¿cuántas veces también nosotros nos sentimos incomprendidos, prisioneros de un conflicto interior que no logramos compartir?
La historia de Judas nos exhorta a no encerrarnos en nosotros mismos y a abrirnos a ese hermano, a esa hermana capaces de apartarnos de propósitos oscuros. Condenar a Judas no sirve; sirve prevenir el surgimiento de nuevos Judas en nosotros, aprendiendo a discernir las voces que habitan en nuestro corazón.
Miremos a Judas con piedad fraterna, recordando que incluso en el momento de la traición Jesús lo llama «amigo». Esta palabra resuena como una advertencia: podemos traicionar la amistad de Cristo, pero Cristo nunca nos traiciona a nosotros. El drama de Judas nos recuerda nuestra fragilidad y la necesidad constante de no sentirnos nunca a salvo de los ataques del mal.
Pedro. Entre el impulso y la fragilidad
Justo después de Judas, la escena la ocupa Simón Pedro: el hombre de los impulsos generosos, pero también de las fragilidades inesperadas. La noche de la Pasión lo ve pasar de la seguridad ostentosa a la negación hasta tres veces.
Su historia nos habla de la dificultad de ser coherentes con nuestros ideales, de cómo las palabras a menudo chocan con el miedo y la debilidad del momento. Ese «¡No lo conozco!» no es solo una mentira, sino quizá la amarga constatación de que ese Jesús sufriente e indefenso no corresponde a la imagen del Mesías poderoso que él se había construido. En Pedro se derrumba el mito del Señor.
Y, sin embargo, precisamente después de la negación, la mirada de Jesús se cruza con la suya, deshaciendo su dolor en un llanto liberador. En ese llanto reconocemos la posibilidad de la conversión, un camino que no conduce hacia una perfección que se busca en soledad, sino que se orienta al servicio de la fe de los hermanos. La fragilidad de Pedro no lo excluye de su misión; la Iglesia misma, en efecto, es un pueblo de pecadores perdonados.
Pilato. El hombre que no supo elegir
Pilato, el procurador romano, entra en escena como el hombre del poder, llamado a juzgar. Pero aquella noche se revela como un hombre incapaz de tomar una decisión conforme a su conciencia. Aunque intuye la inocencia de Jesús, prefiere lavarse las manos, cediendo a las presiones y al miedo de perder el poder.
El “pecado” de Pilato es precisamente etimológico: Pilato no da en el blanco; emplea sus energías en lo efímero. Su historia nos interpela sobre nuestros miedos, sobre las etiquetas que nos pegamos, sobre las máscaras que llevamos por conveniencia. ¿Cuántas veces también nosotros, aunque vislumbramos la verdad, preferimos el camino más cómodo y perdemos la ocasión de ser plenamente auténticos?
A pesar de su cobardía, Pilato realiza un acto que, sin saberlo, da testimonio de la verdad sobre Jesús: hace escribir en la cruz «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos» en varias lenguas.
También en nuestras “cruces” a menudo reencontramos esa sigla, un signo de que Dios sabe escribir derecho sobre las líneas torcidas de nuestra historia.
Protagonistas hoy. Una invitación a la reflexión
Las historias de Judas, Pedro y Pilato no están relegadas a un pasado lejano.
Judas, Pedro, Pilato somos nosotros. En sus luchas interiores, en sus fragilidades, podemos vislumbrar las nuestras. La noche de la Pasión nos llama a un profundo examen de conciencia:
• ¿Qué soledades nos encadenan? ¿Buscamos el valor para abrirnos a los demás?
• ¿Qué tan firme es nuestro impulso de fe ante las dificultades? ¿Reconocemos nuestras debilidades?
• ¿Somos capaces de tomar decisiones valientes, incluso cuando ponen en riesgo nuestra «tranquilidad»? ¿O preferimos «lavarnos las manos»?
Este Viernes Santo, no nos limitemos a observar desde lejos el drama de Jesucristo. Entremos en esa noche, con nuestras fragilidades y nuestros miedos, pero también con el deseo de encontrarnos con la mirada de un Dios que nos ama a pesar de todo. Porque, como nos recuerda don Bruno Tarantino, nos hemos perdido en su mirada, pero no por eso nos hemos perdido de su mirada. El encuentro con Jesús no pasa desapercibido, deja una huella imborrable, incluso cuando elegimos no seguirlo.
Que esta noche de Pasión pueda convertirse para cada uno de nosotros en un momento de íntima reflexión y de renovada conciencia de nuestro papel como protagonistas de una historia de amor infinito.
¿Quieres profundizar en estas reflexiones?
En el libro Noche de pasión. Noche de pasiones, don Bruno Tarantino nos guía a través de los rostros y los corazones de aquella noche: Judas, Pedro, Pilato… Figuras humanas, frágiles, en las que podemos reconocer fragmentos de nuestra historia.
Un camino interior para vivir el Viernes Santo no solo como espectadores, sino como protagonistas tocados por la misericordia.
¿En cuál lucha interior te has reconocido más? ¿En Judas, en Pedro o en Pilato? Cuéntanoslo en los comentarios y, si quieres vivir un Viernes Santo como protagonista, Noche de pasión. Noche de pasiones, de don Bruno Tarantino, puede ser una ayuda valiosa. ¡No te pierdas esta profunda reflexión!
