La espiritualidad de la preciosísima sangre de Jesús, la oración dirigida a la preciosísima sangre podría parecer algo lejano de nosotros y de nuestra vida cotidiana, pero no es así en absoluto: ¡es una oración de vida y por la vida!
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Cada persona tiene un valor sagrado
La espiritualidad vinculada a la preciosísima sangre nos lleva inmediatamente a pensar en la humanidad redimida y en el inmenso valor de cada persona por la que el Señor dio la vida.
Al volver a meditar sobre el hecho de que Jesús se entregó por todos y por cada uno, tenemos la posibilidad de replantearnos aquello que quizá damos por sentado: el valor sagrado de cada persona. Todos somos hijos de un mismo Padre y no existen vidas que deban descartarse: todos somos valiosos y estamos revestidos de la dignidad de hijos de Dios.
El Señor dio la vida por todos y por eso no podemos permanecer indiferentes ante la suerte de nuestros hermanos. No podemos mirar hacia otro lado cuando nos encontramos con discriminaciones, marginaciones, segregaciones… cuando la diferencia -dada por la singularidad de cada uno- se convierte en ocasión de desigualdad de trato, falta de oportunidades, presunción de superioridad.
Abrirse a la fraternidad
Cristo sufrió por el hombre, pero sigue sufriendo en el hombre. Es el exigente mensaje que nos dejó en el Evangelio, cuando anunció que seremos juzgados por el amor y se nos preguntará si supimos encontrarlo y servirlo en quien tiene hambre o sed, en quien está desnudo o enfermo o en prisión (Mt 25,31-46).
Una espiritualidad de la sangre de Cristo no puede dejar de irradiarse también en el ámbito de la fraternidad. Hoy más que nunca se necesitan hombres y mujeres que, en nombre de Jesús, se pongan plenamente al servicio de los hermanos, con la audacia de un amor que no calcula.
En este mes, tradicionalmente dedicado a la preciosísima sangre, estamos llamados a fijarnos en los demás y a verlos como hermanos: el primer paso para abrir las puertas del corazón al otro es rezar por él, por sus necesidades, confiándolo al corazón misericordioso de Jesús.
La oración, constante y sincera, será el comienzo de una nueva mirada hacia los hermanos, que llenará el corazón del deseo de entregarse y servir, tal como el Señor Jesús lo hizo por nosotros.

