El 1o mayo la Iglesia vuelve a celebrar a san José (recordado también el 19 de marzo como patrono de la Iglesia universal), celebrado como patrono de los trabajadores.
¿Cuál es la historia de esta fiesta?
La fiesta de san José artesano fue instituida por Pío XII el 1o mayo de 1955, para ayudar a los trabajadores a no perder el sentido cristiano del trabajo, pero ya Pío IX había reconocido su importancia como trabajador cuando proclamó al Santo patrono universal de la Iglesia. En efecto, José es herrero, carpintero, ebanista… Además de ser el esposo de María y el padre terrenal de Jesús, es, por tanto, un trabajador honrado, y es precisamente con su trabajo manual como mantiene a la Sagrada Familia, participando así en el proyecto de la salvación.

En esta dimensión de patrono de los trabajadores, san José habla a nuestro presente de manera particular, como indica el papa Francisco: «Un aspecto que caracteriza a san José es su relación con el trabajo. En nuestro tiempo, en el que el trabajo parece haber vuelto a representar una cuestión social urgente y el desempleo alcanza a veces niveles impresionantes, incluso en aquellas naciones donde durante décadas se ha vivido cierto bienestar, es necesario, con renovada conciencia, comprender el significado del trabajo que da dignidad y del que nuestro Santo es patrono ejemplar.
El trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación, en una oportunidad para apresurar la llegada del Reino, desarrollar las propias capacidades y cualidades, poniéndolas al servicio de la sociedad y de la comunión; el trabajo se convierte en una oportunidad de realización no solo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo originario de la sociedad que es la familia. Una familia en la que faltara el trabajo está más expuesta a dificultades, tensiones, fracturas e incluso a la tentación desesperada y desesperante de disolverse. ¿Cómo podríamos hablar de la dignidad humana sin comprometernos a que todos y cada uno tengan la posibilidad de un sustento digno?
La persona que trabaja, cualquiera que sea su tarea, colabora con Dios mismo y se convierte en cierto modo en creadora del mundo que nos rodea. La crisis de nuestro tiempo, que es económica, social, cultural y espiritual, puede representar para todos un llamamiento a redescubrir el valor, la importancia y la necesidad del trabajo para dar origen a una nueva «normalidad», en la que nadie quede excluido. Imploramos a san José trabajador para que podamos encontrar caminos que nos comprometan a decir: ¡ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!» (cf. Patris corde, 6).


