El evangelista Lucas, en el capítulo 2, dice sencillamente esto: «[Maria] dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en el alojamiento» (Lc 2,7). Después de hablar y describir el nacimiento de Jesús, retrata otra escena, la que tiene como protagonistas a los pastores. A ellos se les reserva el primer anuncio: «No temáis: os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo, el Señor» (Lc 2,10-11).
Históricamente, los pastores pertenecían a la categoría de los grandes pecadores, porque ejercían una profesión considerada despreciable. Eran personas muy conflictivas y agresivas; no dudaban en invadir con sus rebaños los campos de otros, robarse el agua y matarse entre sí por problemas relacionados con el territorio y el pastoreo; se quedaban para sí parte de los ingresos derivados de la explotación de las ovejas. Ni siquiera respetaban el descanso del sábado. Por tanto, eran considerados irregulares, personas de las que había que mantenerse alejados, porque no eran de fiar.
A ellos, dice Lucas, se les anuncia el nacimiento del Salvador. A estas personas infieles, forajidas, mentirosas, violentas y sin escrúpulos, que seguramente también tenían una vida muy complicada y agotadora.
A veces también nos pasa a nosotros: la vida es mucho más complicada de lo que habríamos imaginado, es muy agotadora y, a veces, parece quitárnoslo todo; a menudo se reacciona con violencia debido a ciertas carencias que se han producido en la vida.
Ante todo esto, es importante pensar que nuestro sufrimiento, nuestra soledad, siempre son observados por Dios. En el dolor, en los miedos, en las dudas, en la miseria, en la rabia, en todo lo que nos humilla, Dios nos observa.
Dios prefiere aquello que el hombre no elegiría, y de manera especial a los pastores; con Dios asistimos a un vuelco de nuestras escalas de grandeza: él prefiere a los pobres de espíritu, a quienes tienen carencias, a aquellos a quienes les falta la paciencia, como a los pastores, a aquellos a quienes les falta la capacidad de amar, a aquellos a quienes les falta la capacidad de perdonar.
Si hoy encontramos alguna carencia en nuestra vida, ante estas carencias podemos estar seguros de que Dios nos está prefiriendo; estamos entre esas extrañas e insólitas simpatías dentro de las preferencias de Dios.
Por eso la figura de los pastores nos retrata muy bien y nos invita a ponernos en camino y a aceptar que, en las incomodidades, podemos entablar un diálogo serio con el Señor Jesús y recibir de él la salvación, porque hoy ha nacido para nosotros el Salvador, que es Cristo, el Señor.
Puedes leer la meditación completa, junto con las dedicadas a los demás personajes del belén, y prepararte con ellos para la santa Navidad en el libro: Novena de Navidad.


