Como un hilo tendido entre la tierra y el cielo, desde siempre en los monasterios se ha dado espacio a la producción de productos naturales - a base de hierbas, miel, frutos… - con función curativa y cosmética.
Es un patrimonio de historia y salud, pero también de sabiduría antigua, que hay que redescubrir, porque así se percibe cómo y cuánto los productos naturales son valiosos y cómo y cuánto en la naturaleza está presente el eco de Dios, creador.
Los monasterios
Desde su creación, los monasterios han sido no solo lugares de oración, sino también de trabajo y acogida: a menudo, de hecho, ofrecían refugio a peregrinos y viajeros.
Ya en el siglo VI, la Regla de san Benito preveía la presencia en cada monasterio de un infirmarius, es decir, un monje «lleno del amor de Dios, atento y solícito» que tenía la tarea de cuidar a los enfermos. Precisamente por eso, también se le confiaba la función, de enorme importancia, de cultivar las plantas medicinales: rosa, comino, lirio, salvia y romero… Un patrimonio “verde” cuyas propiedades médicas y efectos beneficiosos para la salud conocían bien los monjes.

Santa Hildegarda de Bingen y la “energía verdeante”
Monja benedictina y abadesa que vivió en el siglo XII, Hildegarda es famosa por ser escritora, mística, teóloga, además de herbolaria, naturalista y sanadora.
Ella define la curación como un proceso global cuyos principios ya están presentes en nuestro cuerpo y pueden estimularse sencillamente mediante las energías de la naturaleza. En su pensamiento es central el concepto de viriditas: el término latino indica el color verde, el color de las plantas que brotan y expresan vigor. Para Hildegarda, este es símbolo del equilibrio de la salud física y espiritual, de una fuerza vital capaz de regenerar a los seres humanos: es lo que ella define como una “energía verdeante”.
Para conservarla, recomienda alimentarse bien con alimentos bien cocinados y utilizar plantas medicinales. «Nosotros - observa Hildegarda - somos un árbol vivo, plantado en un cielo ardiente!».

Camaldoli
Camaldoli (Arezzo), fundada hace mil años por san Romualdo, es una comunidad de monjes benedictinos.
Desde los primeros años de su fundación, en el monasterio se desarrollaron ampliamente las artes sanitaria y farmacéutica. Colaboraban el monje boticario y el monacus medicus, cuya tarea consistía en visitar a los enfermos, atenderlos y administrarles los medicamentos preparados por el boticario.
Un documento de 1510 confirma que en las proximidades de Camaldoli existía un jardín botánico donde se cultivaban diversas plantas medicinales.
Los monjes de Camaldoli, depositarios de la tradición, en las últimas décadas han orientado la actividad del laboratorio de la Antigua Farmacia hacia productos cosméticos y herbales.

