En los pliegues de la espiritualidad popular, entre novenas susurradas y estatuas veneradas, a veces florecen vínculos que van más allá de la simple devoción. La relación entre Natuzza Evolo y san Francisco de Paula es uno de estos casos: una combinación de profundo respeto y una afectuosa familiaridad, casi cotidiana, que nos revela una manera única de vivir la fe.
En este artículo te contamos dos episodios que revelan la intimidad desarmante entre una mística de nuestros tiempos y el Santo calabrés. Episodios sencillos, pero capaces de tocar el corazón.
Un maestro de vida espiritual
La primera anécdota nos traslada al interior de la iglesia de Paravati, donde Natuzza, con la espontaneidad que la caracterizaba, al entrar saluda a la estatua de san Francisco de Paula con un afectuoso: «¡Te saludo, amigo mío!». La respuesta, inmediata e inesperada, llega de un “maestro de vida espiritual” –el propio Santo–, que la corrige con dulzura: «¡Natuzza, ves que tú también te equivocas!… ¡Primero se saluda al Padre y a la Madre!… ¡Después a los amigos!… ¡No debes equivocarte!…».
Este intercambio aparentemente sencillo encierra una profunda lección de catequesis práctica: la importancia de reconocer el lugar que corresponde dar al Señor, a la Madre de Dios y a los santos, poniendo en el centro de la propia vida de fe la Eucaristía y luego a la Virgen María, incluso antes que a los amigos celestiales. El episodio no menoscaba el afecto de Natuzza por san Francisco, sino que más bien subraya su papel de guía espiritual que, con solicitud, contribuye a su crecimiento. Y Natuzza, por su parte, mantendrá siempre una devota fidelidad hacia el Santo de Paula.
Una amistad espiritual fuerte y auténtica
Un testimonio adicional de este vínculo especial se manifiesta en un episodio protagonizado por unas flores, también en la iglesia de Paravati. Dos mujeres, ocupadas en renovar la ofrenda floral a la Virgen María, depositan las flores ya marchitas a los pies de la estatua de san Francisco. La escena no escapa a la atención de Natuzza, quien, turbada por este gesto percibido como una falta de respeto, provoca una intervención directa del Santo: «Natuzza, tranquilízate… ¡está bien así!…», la tranquiliza san Francisco, casi como para calmar la inquietud de una niña. Pero la reacción de Natuzza es vehemente y está cargada de un afecto casi “celoso”: «¡San Francisco mío!… ¡A usted no deben tratarlo así!… ¡A usted deben ponerle flores frescas!… ¡O frescas o nada!… ¡Porque es amigo mío!…».
Esta respuesta apasionada pone de relieve la profundidad de sus sentimientos, una amistad que la impulsa a defender a san Francisco con fervor y a exigir para él el máximo respeto. La historia concluye con las “justas recriminaciones” de Natuzza a las dos mujeres, a quienes amonestó para que mostraran mayor delicadeza hacia el “amigo de Natuzza”.
Estos pequeños episodios nos ayudan a intuir algo del mundo interior de Natuzza: una mujer humilde, profundamente arraigada en Dios, capaz de vivir la fe como un diálogo cotidiano con el cielo.
Quienes la conocieron hablan de una presencia maternal y luminosa, capaz de escuchar, consolar y encarnar la espiritualidad en la vida cotidiana.
Una espiritualidad intensa y personal
Estos episodios, en su aparente sencillez, nos ofrecen una mirada auténtica a la espiritualidad viva y personal de Natuzza. Su relación con san Francisco de Paula no se basa solo en oraciones formales, sino en un diálogo íntimo y un afecto sincero, que se manifiestan en un saludo espontáneo o en la defensa apasionada de un homenaje floral. Lejos de ser irreverente, esta familiaridad parece representar una forma profundamente humana de vivir la fe, un puente entre el cielo y la tierra construido sobre una amistad espiritual fuerte y auténtica.
La figura de san Francisco de Paula aparece así no solo como un santo al que venerar, sino como un compañero de camino espiritual, capaz de ofrecer guía y consuelo, aceptando y correspondiendo al afecto de su devota “amiga” Natuzza.
Si quieres conocer mejor a Natuzza, su mundo interior, su misión oculta y su don para los demás, te recomendamos el libro “Natuzza Evolo. Una madre para todos”, escrito por monseñor Giovanni D’Ercole, su hijo espiritual.
No es una biografía tradicional, sino un retrato vivo y cercano que nos permite entrar en el corazón de una mujer sencilla y extraordinaria, testigo del amor de Dios en medio del pueblo.
¿Te ha intrigado la relación única entre Natuzza y “su” san Francisco de Paula, entre afecto e importantes lecciones espirituales? ¿También tienes un “amigo” espiritual que te acompaña en tu camino? Cuéntanoslo en los comentarios.
