¿Cuándo fue la última vez que nos detuvimos a reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestras ocupaciones, sobre cómo son nuestras relaciones? Tal vez somos personas que se hacen preguntas y tenemos la costumbre de mirar en nuestro interior. Pero también puede ser que el ajetreo cotidiano nos vuelva un poco “alienados”, es decir, estamos “fuera” de nosotros mismos y no nos preocupamos demasiado por lo que sucede en nuestra casa interior. Ahora bien, sea cual sea nuestra condición de partida, queremos reflexionar sobre algo que nos afecta a todos: el mal recibido.
¿Qué entendemos por mal recibido?
Probablemente cada uno podría empezar a elaborar una lista interminable para responder a esta pregunta: humillaciones, traiciones, deslealtades, insultos, provocaciones, malas acciones, agresividad, injusticias… y podríamos continuar.
Ante todo esto, y mucho más, nos indignamos, nos enfadamos, maldecimos y… reaccionamos.

¿Cómo reaccionamos?
También a esta pregunta podríamos ofrecer una lista extensa, y quizá fantasiosa, de reacciones. Lo cierto es que normalmente nuestra reacción tiende a querer “devolverle” al otro lo que hemos recibido. Y nos decimos: «¡¡¡Es una cuestión de justicia!!!».
Pero, de este modo, ¿somos realmente distintos de quien nos ha causado el mal y de ese mismo mal que hemos sentido entrar en nuestra carne? ¿Somos realmente distintos de los mensajes continuos que nos llegan de todas partes y hablan el mismo lenguaje de ese “mal” que nos ha golpeado: ataca, responde, haz que lo pague…?
¿Pagamos con la misma moneda porque ejercemos nuestra libertad?
«Pero ¿qué tiene que ver la libertad con el hecho de que me insulten y yo insulte a mi vez? ¡Me estoy defendiendo! ¡No soy tonto!».
Pues sí, hemos caído con todas las de la ley en la trampa del mal. Esa que, en lugar de hacernos “actuar”, nos hace “reaccionar”, impidiéndonos ser dueños de nosotros mismos y poniéndonos a merced de su fuerza destructiva; estamos dando al mal el poder de decidir en nuestro lugar. ¿Y eso es libertad?
Cuando Jesús dice: «Al que te golpee en una mejilla, preséntale también la otra», no nos está diciendo: «Hazle creer que eres tonto», sino: «Sé el Señor de tus acciones, deja ir el mal, no lo retengas, no lo multipliques, detenlo porque eres fuerte y puedes hacerlo. ¡Yo estoy contigo!».

Neutralizar el mal
Ser libres, entonces, ¿significa reaccionar ante el mal o actuar para interrumpir su espiral de violencia y así neutralizarlo y privarlo de su fuerza destructiva?
¿Es realmente fuerte y libre la persona que “reacciona” o la que “actúa” y decide ser un instrumento de bien, de paz, de armonía y también de bondad, sobre todo frente al mal recibido?
La libertad, entonces, esa que Jesús vino a devolvernos, liberándonos de las ataduras del pecado, es la posibilidad concreta de ponernos cada día las gafas adecuadas para mirar la realidad desde otra perspectiva, la del bien, la única que nos hace verdaderamente libres.

La verdad los hará libres
Pero entonces, ¿cómo ejercer nuestra libertad, esa que nos hace elegir el bien, la compasión, la comprensión, la misericordia, la bondad…?
El punto de partida puede ser experimentar en nuestra propia carne la palabra de Jesús: «La verdad los hará libres». La verdad es él, y él nos enseñó que el mal se detiene frenándolo dentro de nosotros, evitando multiplicarlo y ejercitándonos en ser siempre difusores de paz. Y entonces seremos realmente libres; libres para elegir el bien, y experimentaremos una plenitud de vida, una alegría profunda, una belleza del corazón que confirmará que estamos en el camino correcto. El de Jesús, el que nos hace saborear esta verdad: ¡el bien hace bien! A nosotros y a quienes nos rodean.
La guerra, por desgracia, sigue siendo una tristísima realidad presente en el mundo. Las noticias que nos llegan de los países azotados por esta lacra nos hacen sentir impotentes e indignados. Entonces aprovechemos la impotencia y la indignación para hacer nuestra parte. Ciertamente son palabras repetidas una y otra vez, pero hoy, quizá, después de haber reflexionado sobre la verdadera “potencia” que tienen nuestras acciones en la vida cotidiana, podemos realmente convertirnos en esas mujeres y esos hombres verdaderamente fuertes que detienen el mal desde el principio, no le otorgan más fuerza, no le permiten decidir en nuestro lugar y lo desenmascaran por lo que es: estúpido orgullo destructivo.
Acojamos con los brazos abiertos la libertad que el Señor Jesús vino a regalarnos y seamos, cada día, la mejor versión de nosotros mismos.

