Tercera reflexión de la quinta semana de Cuaresma
En la quinta semana de Cuaresma nos dejamos interpelar por las palabras de la beata Anna Katharina Emmerick, inspiradas en las visiones de la dolorosa pasión de nuestro Señor Jesucristo; visiones en las que se basa la película The Passion y que… no pueden dejarnos indiferentes.
Jesús es crucificado
Jesús, verdadera imagen del dolor, fue tendido por los verdugos sobre el lecho de su muerte. Después de levantarle el brazo derecho, apoyaron su bendita mano sobre el agujero practicado en el brazo de la cruz y la ataron allí firmemente. Luego uno de los dos crucificadores puso la rodilla sobre el sacratísimo pecho del Señor y, mientras mantenía abierta la mano, que se contraía, el otro le clavó de inmediato en la palma de esa misma mano un clavo grueso y largo, de punta afilada. Después descargó sobre él repetidos y pesados golpes de martillo. Un gemido de dolor, dulce y claro, salió de la venerable boca del Salvador y su sangre salpicó los brazos de los verdugos.
Los mazos de los verdugos eran de hierro; tenían aproximadamente la forma de los martillos de carpintero, pero eran más grandes y formaban una sola pieza con el mango. Los clavos, cuyo tamaño había hecho estremecer a Jesús, eran muy largos, con la cabeza ancha y plana; cuando fueron clavados en las manos y los pies del Redentor, sobresalían por detrás del madero de la cruz.
Después de clavar la mano derecha de Jesús, los verdugos se dieron cuenta de que la otra mano no llegaba al agujero practicado en el extremo izquierdo del madero de la Cruz. Entonces ataron una cuerda al brazo izquierdo de Jesús, apoyaron los pies contra la cruz y tiraron de él con todas sus fuerzas, hasta que su mano alcanzó la altura del agujero. Bajo aquellas torturas, Jesús sufría inmensamente porque le habían dislocado por completo el brazo.
Luego los crucificadores se arrodillaron sobre los brazos y el pecho del Señor y le clavaron el segundo clavo en la mano izquierda, de la que brotó un chorro de sangre, mientras sus gemidos de dolor acompañaban el ruido de los pesados golpes de mazo.
La santísima Virgen compartía en cuerpo y espíritu los dolores de la terrible crucifixión de su Hijo; su rostro estaba pálido como la cera y no lograba contener las ininterrumpidas exclamaciones de dolor que salían temblorosas de sus labios. Personas compasivas la condujeron más atrás, junto a las mujeres piadosas, para evitar los insultos que le dirigían los esbirros y los fariseos.
María Magdalena estaba como loca, se arañaba el rostro y tenía los ojos y la cara ensangrentados.
En la base de la cruz, aproximadamente a un tercio de su altura, se había colocado un soporte de madera que debía sostener a Jesús, de modo que estuviera más de pie que colgado de la cruz, y también para que los huesos de los pies no se rompieran cuando fueran clavados. En esa pieza de madera se había practicado un agujero para el clavo que debía atravesar los pies. En la madera de la cruz se había tallado una hendidura para apoyar los talones, al igual que se habían practicado otras cavidades en distintos puntos de la cruz, para que el cuerpo permaneciera suspendido durante mucho tiempo sin poder desprenderse arrastrado por su propio peso.
Vi que los verdugos extendieron las piernas del Señor y las ataron con cuerdas, porque se habían retraído hacia el cuerpo a causa de la violenta tensión de los brazos. Sin embargo, como no lograban hacer llegar los pies al soporte de madera destinado a sostenerlos, renovaron las blasfemias contra él. Entonces intervinieron algunos crucificadores dispuestos a hacer nuevos agujeros para los clavos clavados en las manos, porque parecía difícil mover el soporte de madera que debía sostener los pies; otros, sin embargo, exclamaron burlándose: «¿No quiere estirarse? ¡Pues nosotros lo ayudaremos!».
Dicho esto, ataron con cuerdas la pierna derecha y tiraron de ella con cruel violencia, hasta que llegó al soporte de madera; al hacerlo, provocaron a Jesús un desgarro horrible. La tensión del cuerpo era tan extrema que el pecho de Cristo se cubrió de grietas; gimiendo, exclamó: «¡Dios mío! ¡Dios mío!». Le habían atado el pecho y los brazos para que las manos no se desprendieran de los clavos. Luego ataron el pie izquierdo sobre el derecho, tomaron un clavo mucho más largo que el de las manos y se lo clavaron, hundiéndolo hasta dentro de la madera de la cruz. Sentí que estaba allí cerca y vi aquel clavo atravesar los dos pies del Señor y el soporte de madera. La crucifixión de los pies fue la más cruel de todas a causa de la tensión del cuerpo.
¿Estoy dispuesto a morir a mí mismo por el bien y para interrumpir el círculo de la violencia?
¡Te espero mañana por la mañana para seguir reflexionando juntos!

