«¿Qué clase de Dios hay en el cielo?», canta Roberto Vecchioni en la canción homónima, fechada en 2002.
Más de veinte años después de aquella canción, a partir de aquella pregunta fue invitado el 21 de noviembre a la segunda Lectio Petri en la Basílica Vaticana, sobre el tema «Dios no hace acepción de personas». L’Avvenire (Mimmo Muolo, 22 de noviembre de 2023) y el Corriere della Sera (Chiara Maffioletti, 23 de noviembre de 2023) lo entrevistaron.
En este artículo retomamos algunos fragmentos de esas entrevistas para proponerles una reflexión sobre la fe, realizada por un hombre que siempre ha dialogado con Dios a lo largo de toda su vida, sintiéndolo como una presencia lejana y, al mismo tiempo, cercana; discutiendo con él, enfadándose, sin entender a menudo, pero reaccionando con esperanza y sin perder nunca ese hilo que lo mantiene unido al cielo.
La relación con la fe
A la pregunta sobre cuál es su relación con la fe, Roberto Vecchioni responde: «Soy creyente, pero he construido mi fe lentamente. Y en este camino me he dado cuenta progresivamente de que todo lo que sucede tiene una razón recóndita, incluso el dolor. Pienso que todo lo que nos ocurre en la vida no debe considerarse como un fin, sino como una señal. También el dolor es una señal. No es la finalidad contraria, el mal que vence. Es una señal. Hay que asumirla e interpretarla».
Un itinerario de canciones sobre la fe: de «La estación de Zima» a «Las rosas azules»
Y que la fe siempre haya acompañado su camino también se entiende por su propuesta artística: con algunas canciones dedicadas al tema de Dios y de la relación con él, traza de hecho un itinerario de fe: «La más famosa es “La estación de Zima” […], en la que cuento el encuentro con Dios en el tren. Pero he hecho bastantes, algunas un poco enfadadas al principio, pero estas siete u ocho canciones son una especie de itinerario, de maduración para intentar entender qué clase de Dios hay en el cielo, si suceden las cosas malas que vemos cada día. […] Pienso que podemos encontrar a Dios también en las pequeñas cosas de cada día. Hasta llegar a “Las rosas azules”, que es la canción que más amo y es un diálogo con Dios el día en que supe que mi hijo estaba enfermo de esclerosis múltiple. No para pedirle algo, sino simplemente para decírselo. […] La mejor oración es hablar con Dios y decirle: “¿Estás informado de esto?”. Decírselo y basta. Él ya se ocupa de ello».

La fe y el dolor
Uno de los pasajes más significativos de la entrevista al Corriere della Sera es quizá el que se refiere a la maduración de la fe. A la pregunta de qué hizo crecer su fe, Vecchioni responde: «Los dolores. Intentar explicarme racional o sentimentalmente por qué existe el mal. Y entonces comprender lentamente que hay un sentido, oscuro, pero lo hay». Sobre este tema, delicadamente, también se rozó el duelo que golpeó a Vecchioni este año: la pérdida de su hijo: «Fue el dolor más grande de mi vida. El más grande. Pero en lugar de lanzarme al infierno, me proyectó hacia la esperanza».
Estas palabras parecen hacerse eco de la canción “He conocido el dolor” (2013): «He conocido el dolor y me pareció ridículo, cuando le doy un codazo, cuando le digo a la cara: “¿Pero a quién quieres asustar?” […] Luego lo detuve en un bar, donde la gente ni siquiera lo conocía; lo detuve para decirle: “¡Conmigo no puedes nada!”».
La fe y los jóvenes
Vecchioni fue profesor de latín y griego durante muchos años y, ante la pregunta de cómo se puede hablar de la fe a los jóvenes, entre otras cosas dijo: «Creo que debemos enseñar a nuestros jóvenes a redescubrir el alma. Después de un siglo de existencialismos estériles, hace falta una bocanada de oxígeno espiritual».
Pero ¿qué clase de otro dios hay en mi corazón?
Hemos comenzado este artículo citando la canción “¿Qué clase de Dios hay en el cielo?” y lo cerramos precisamente con las palabras finales de esa misma canción, que suenan un poco como una respuesta y dan testimonio, justamente, de una fe viva, que se deja interrogar, pero permanece fuerte: «Pero ¿quién es el otro dios que tengo en el corazón? ¿Qué clase de otro dios hay en mi corazón? Que lo siento cuando viene, que lo espero sin saber cómo. Que nunca me deja, nunca me pierde. Y yo nunca lo pierdo».
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