San Francisco de Sales, con su estilo cercano, con sus palabras y con su ejemplo, nos recuerda a cada uno de nosotros que llevamos inscrita en lo más profundo del corazón la nostalgia de Dios y que solo en él encontramos la verdadera alegría y nuestra realización más plena.
El nacimiento y los estudios
Francisco nace en el castillo familiar de Thorens (a unos 20 km de Annecy). Es el primogénito de siete hermanos. Su madre, Francesca de Sionnaz, apenas tiene 15 años, mientras que su padre, el señor de Boisy, ¡tiene 43!
Es bautizado pocos días después en la pequeña iglesia de Thorens, que Francisco elegirá para su consagración episcopal (8 de diciembre de 1602).
La educación que recibe de sus padres es «sin ninguna indulgencia», de clara orientación católica.
Su padre quiere para él una carrera jurídica, por eso lo envía a los mejores colegios de Saboya: primero a La Roche y después durante tres años a Annecy, en compañía de sus primos. En este período recibe la primera Comunión y la Confirmación, y a partir de entonces comulgará con frecuencia. Se inscribe en la cofradía del Rosario y desde ese momento adquiere la costumbre de rezarlo todos los días.
Terminados sus estudios en Saboya, es inscrito en el Colegio de Clermont, dirigido por la joven Orden de los Jesuitas. Y así, en 1578, Francisco parte hacia París, donde permanecerá 10 años.
La crisis
A los 19 años, mientras estudia en París, asiste a las clases del benedictino Gilbert Génébrard, quien comenta el “Cantar de los Cantares”: ¡el relato simbólico alude a la relación de amor entre Cristo y la Iglesia! Para Francisco esto es una revelación: desde entonces ya no puede concebir la vida espiritual sino como una historia de amor.
Estamos en plena Reforma protestante y el tema de la predestinación ocupa un lugar central en las universidades. Francisco queda atrapado y turbado por él: ¿lo habrá destinado Dios a la vida eterna o a la condenación eterna? La perplejidad se convierte muy pronto en la certeza de formar parte del número de los condenados «que nunca verán el dulcísimo rostro de Dios». Entra en crisis y durante seis semanas no duerme, no come, llora y enferma.
Sale de este estado confiándose a la Virgen en la iglesia de Saint Etienne des Grès, mediante el acto de abandono heroico a la misericordia y bondad de Dios.
«Cualquiera que sea vuestra decisión, Señor, en el decreto eterno de vuestra predestinación y de vuestra condena… os amaré, Señor, al menos en esta vida, si no se me concede amaros en la vida eterna». Este será el secreto de su vida.
Los estudios
Después de París, continúa sus estudios en Padua: allí Francisco descubre la importancia y la belleza de un guía espiritual, que encuentra en el jesuita padre Possevino. Después de descubrir la centralidad del amor de Dios, comprende otro aspecto: para guiar es necesario haber experimentado ser guiado. Concluye brillantemente sus estudios el 5 de septiembre de 1591 y deja Padua graduado con las máximas calificaciones en derecho civil y canónico.
Su padre está orgulloso de él y le hace tres regalos: lo nombra heredero universal de todos sus bienes, le prepara una magnífica biblioteca y le encuentra una prometida, Francesca Suchet, de 14 años, heredera única de un patrimonio incalculable.
Hacia el sacerdocio
En el corazón de Francisco hay otros sueños, muy alejados de los de su padre, que ha depositado en él todas sus esperanzas. Sus amigos se ocupan del asunto: había muerto en ese período el preboste de la Catedral de Annecy, un cargo prestigioso, aunque no necesariamente ligado a ser sacerdote. En tres meses consiguen que llegue de Roma el nombramiento de Francisco como preboste. Con este título honorífico, se reúne con su padre para comunicarle su intención de convertirse en sacerdote. Es un enfrentamiento muy duro y comprensible. «Pensaba que seríais el apoyo de mi vejez y el sostén de la familia… No comparto vuestras intenciones, pero no os niego mi bendición».
El 18 de diciembre de 1593 es ordenado sacerdote: «Dios tomó posesión de mi alma de un modo indecible».
Misionero en el Chablais
Al año siguiente se ofrece voluntariamente como misionero en el Chablais, una zona que se había pasado casi por completo al calvinismo. Serán cuatro años de esfuerzos tremendos, peligros de todo tipo, privaciones debido a la gran pobreza en la que se ve obligado a vivir, disputas verbales, discusiones interminables, humillaciones y soledad… No escatima esfuerzos en la predicación, pero los fieles que participan son realmente pocos.
Entonces decide escribir e imprimir sus predicaciones y las desliza bajo las puertas de católicos y protestantes.
De este modo llega también a los pueblos más lejanos. Su pensamiento constante se dirige además a la condición de los laicos; por eso desarrolla una predicación y un modelo de vida cristiana al alcance también de las personas comunes inmersas en la difícil vida cotidiana.
Vive la pasión por las almas, que es el principio inspirador de su actividad pastoral.
Sus modales amables y afables, y su manera de hablar sencilla, profunda e inteligente, obtienen grandes resultados. Durante dos años pone en marcha la iniciativa de las Santas Cuarenta Horas, jornadas de oración y conversión animadas por Francisco: estas marcan el retorno definitivo del Chablais a la fe católica.
Pastor y obispo
Fundador

El 6 de junio de 1610, Juana, junto con Jacomina Favre y Carlota de Bréchard, comienza el noviciado bajo la guía del obispo, quien pone en manos de la Fundadora un compendio de las Constituciones escrito de su puño y letra: «Seguid este camino, mi queridísima Hija -le dice-, y haced que lo sigan todas aquellas a quienes el cielo ha destinado a seguir vuestros pasos». Así comienza la familia religiosa inspirada en la Visitación de María.
El título “Visitación” hace referencia a la escena evangélica de María “de visita a su prima Isabel”. Al llevar en sí al Hijo de Dios, María se convierte en portadora de salvación.
San Francisco de Sales vio en este gesto aquello que deseaba que vivieran sus hijas. Como María, animadas por su espíritu de gracia y de gozosa alabanza, el Fundador exhorta a las monjas a:
• llevar espiritualmente a los hermanos a Cristo Salvador,
• traducir los sentimientos de Jesús, vivo en los corazones, mediante una «profunda humildad ante Dios y una gran dulzura hacia el prójimo»,
• dejar transparentar la alegría y la suavidad de corazón que Dios concede a quienes caminan con Él.
Los últimos años
En 1617, en la iglesia conventual de San Andrés de Grenoble, Francisco ingresa en la Tercera Orden de los Mínimos; arrodillado ante el Manto de san Francisco de Paula, recibe el cordón del padre Antonio de Billy.
Guiar la diócesis con sus dificultades, acompañar el camino de fundación de las visitandinas, escuchar continuamente los problemas tanto de las personas sencillas como de la nobleza, exige una vida espiritual profunda y sólida. La experiencia adquirida durante todos estos años de dirección espiritual, vida pastoral e intenso compromiso ascético confluyen en sus obras, famosas por la originalidad y espontaneidad de su lenguaje. Francisco de Sales, agotado y debilitado por una predicación realizada siempre con gran dedicación, muere el 28 de diciembre de 1622.
Es canonizado en 1655 y proclamado doctor de la Iglesia en 1877. Pío XI lo declara patrono de los periodistas y escritores católicos en 1923.
Varias congregaciones se han inspirado en el nombre de san Francisco de Sales, entre ellas la familia Salesiana fundada por san Juan Bosco, cuya atención se dirige al crecimiento y la educación de las jóvenes generaciones y de las clases menos favorecidas.
San Francisco de Sales es también patrono de la Tercera Orden de los Mínimos fundada por san Francisco de Paula.
Pidamos al Señor que nos haga semejantes a este santo en su paciencia, dulzura, sencillez y confianza, que lo hicieron tan parecido a Jesús, manso y humilde de corazón.
¡Buen camino!
