san giuseppe autentico uomo di dio

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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San José: un verdadero hombre de Dios

El sueño de José

San José es un auténtico hombre de Dios. Descubramos por qué

En los Evangelios hay realmente pocas referencias a san José, pero bastan para hacer emerger la figura de un auténtico hombre de Dios. El evangelista Marcos se limita a recoger lo que dicen de él los habitantes de Nazaret, cuando afirman que Jesús es el hijo de María y que trabaja como carpintero.

En los evangelios de Lucas y Mateo, los evangelistas abordan de distintas maneras esta singular figura, de la que no recogen ni una sola palabra.

El arte lo representa anciano, canoso y bastante melancólico, pero es más fácil imaginarlo como un joven fuerte, enamorado y valiente. José vivió plenamente su papel de esposo y padre, y lo hizo pasando casi inadvertido, con la máxima discreción. ¡San José es un auténtico hombre de Dios! Descubramos por qué.

Era un hombre justo

Mateo presenta a José como «justo», una cualidad que no indica únicamente la conducta moral del individuo, sino su plena fidelidad a la Ley de Moisés.

El justo en la Biblia es quien mantiene una relación de fe activa con Dios y se muestra dispuesto a hacer cuanto la Palabra de Dios le pide. Ante la promesa de una descendencia incluso en la vejez, Abraham creyó al Señor, quien se lo tuvo en cuenta como justicia (Gn 15,6). José es el justo porque vive una experiencia constante de la presencia del Señor misericordioso en su vida: es el hombre que no habla, sino que actúa, a diferencia de los escribas y fariseos, que «dicen, pero no hacen» (Mt 23,3).

Los justos son quienes depositan toda su confianza y esperanza en Dios, quienes confían en su promesa de estar siempre a su lado. Los justos viven plenamente los acontecimientos de este mundo, de esta historia, pero saben que la existencia no se encierra en el horizonte limitado del tiempo terrenal, sino que se abre a una historia cargada de eternidad; el justo deja espacio a la lógica de Dios en lo concreto de su vida, y acoge, aun en la fatigosa y a menudo incomprensible vida cotidiana, la irrupción de la novedad de Dios.

Guiado por Dios

Ser un hombre justo permitió a José ser siempre guiado por Dios mismo (el ángel del Señor), quien en tres ocasiones, número que en el simbolismo hebreo significa la totalidad, le indicará qué hacer (Mt 1,20; 2,13.19) a través de los sueños.

El papa Francisco describe su devoción a san José precisamente en relación con su capacidad de soñar, de escuchar los sueños de Dios que se le manifiestan con rasgos delicados y muy bellos: «También quisiera decirles algo muy personal. Quiero mucho a san José, porque es un hombre fuerte y silencioso. En mi mesa tengo una imagen de san José durmiendo. ¡Y mientras duerme, cuida de la Iglesia! ¡Sí! Sabemos que puede hacerlo. Y cuando tengo un problema, una dificultad, escribo una nota y la pongo debajo de san José, ¡para que lo sueñe! Este gesto significa: ¡reza por este problema!».

José, que duerme, podría parecer alejado de la vida real, desinteresado. Y, sin embargo, es precisamente en esta actitud suya de confiado abandono donde demuestra estar completamente entregado a Dios; del Padre celestial recibe el don de su paternidad terrenal, de su capacidad de cuidar, de hacerse cargo de los problemas de la Iglesia y de la humanidad.

Se despertó del sueño

Hay una completa continuidad entre el sueño de José y su vida consciente, despierto. Actúa y nada más, asumiendo plenamente toda responsabilidad. Como un hombre verdadero. En el sueño recibe la Palabra de Dios a través del ángel; el Señor le habla. Se convierte en padre no en sentido biológico, sino existencial: José es quien custodia, protege, cuida y abre el camino. Y lo hace no cuando todo es fácil y evidente, durante el día, sino de noche, cuando predominan las dificultades, las dudas y el miedo, a los que opone la firmeza de su presencia y la constancia de su entrega.

También podría ser así para nosotros cuando nos ponemos a la escucha de la Palabra, cuando leemos las Escrituras, cuando, como miembros vivos de la Iglesia, oramos y logramos vivir experiencias en las que nos parece haber captado algo de su voluntad para nosotros. José deja esta situación, se despierta del sueño y podría volver a considerar estas cosas como lo hacía poco antes de la intervención divina, a darles vueltas, a intentar quizá alguna salida autónoma e independiente y a considerar las indicaciones del ángel un espejismo, solo un sueño, precisamente. José, en cambio, confía en Dios y «hizo lo que le había ordenado el ángel del Señor» (Mt 1,24).

Hizo lo que le había ordenado el ángel del Señor

Repitiendo las hazañas del primer José de la Biblia (Gn 45-46), el carpintero de Nazaret salva a su familia de las tramas homicidas del rey Herodes llevándola a Egipto, para después regresar a Galilea. Al acoger como suyo al hijo de María, José lo legitima ante los ojos del pueblo, y el niño, al que puso el nombre de Jesús («El Señor salva»), experimenta, incluso antes que la protección del Padre celestial, al padre terrenal como su salvador.

San José ni siquiera dice una palabra y obedece. La obediencia es fruto de la fe; solo quien tiene fe obedece, porque confía en lo que Dios dice, aunque no siempre lo entienda. Quién sabe cuántas veces José, como María, ante las peticiones de Dios, dijo: no entiendo, pero confío. En él, que cumple puntualmente cuanto se le ordena, la Palabra se hace realidad; la historia de la salvación de la humanidad en Cristo Jesús se hace posible gracias a esta su silenciosa, firme y constante perseverancia en la fidelidad a la Palabra de Dios. La historia se convierte en el lugar donde se realiza la voluntad de Dios.

Por eso también nosotros confiamos en su intercesión, en su cuidado y en su protección:
1. Necesitamos no encerrarnos en nuestros límites. Estamos tocando con nuestras propias manos, en diversos niveles, el límite propio de nuestra vida, de nuestra existencia y de las formas y modelos de nuestra convivencia civil. Descubrimos cuán frágiles son las seguridades que hasta hace pocos días dábamos por tan supuestas que ni siquiera éramos capaces de concebir un bloqueo tan repentino, un cambio tan radical en el transcurso de unos instantes. El tiempo no está en nuestras manos: somos capaces de cosas grandísimas, pero siempre estamos expuestos al riesgo del fracaso y del encierro; descubrimos la verdadera medida de lo humano si la mantenemos abierta al horizonte del infinito de Dios, infinito de justicia y de misericordia al mismo tiempo.


2. Necesitamos confiarnos a una intercesión profundamente humana y fuerte. San José, que mientras duerme asegura el cuidado de lo que nos importa, nos da la esperanza de poder seguir esforzándonos incluso cuando aparentemente las fuerzas están a punto de abandonarnos y la determinación corre el riesgo de ceder. Necesitamos encomendar el cansancio, la fuerza y el valor de todos aquellos que se esfuerzan al límite, e incluso más allá de sus propias posibilidades, por el bien de cada uno y de todos. Necesitamos pedir la intercesión de san José, para que nos acompañe en este momento de prueba.

3. Necesitamos ayuda para vivir concretamente el amor que la fe despierta en nosotros. San José, que se despierta y continúa siendo fiel, nos sostiene en el paso de la oración a la vida activa, de la contemplación del misterio de Cristo a las decisiones y acciones de cada día. Necesitamos cristianos que vivan la fe en cada aspecto de la vida y traduzcan en decisiones concretas el amor de Dios experimentado en Jesucristo crucificado y resucitado.
4. Necesitamos testigos del Evangelio. San José nos recuerda que en la Iglesia valen más los hechos que las palabras. Las palabras sin obras se convierten en motivo de escándalo; las obras sin palabras son ocasión de crecimiento y edificación.
Necesitamos una fidelidad silenciosa, paciente y cotidiana, conscientes de que también nosotros, en nuestra pequeña medida, podemos ser custodios silenciosos, fuertes y fieles de la vida de todos.

Aprendamos de san José a ser hombres y mujeres de fe, una fe que nace de la escucha, se manifiesta en la obediencia y se transmite mediante el testimonio.
Que el silencio, la laboriosidad y la custodia responsable que san José practicó con María y con el niño Jesús otorguen a todos los papás un suplemento de valor, estabilidad en el Señor y capacidad para ser, en su familia, un punto de referencia seguro.
Pidamos al Señor para todos el don de una fe verdadera, capaz de suscitar fecundidad y novedad de vida.

San José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal, ¡ruega por nosotros!

San José: un verdadero hombre de Dios

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