San Maximiliano Kolbe, enamorado de María, vivió una grandísima devoción hacia la Virgen de la Medalla Milagrosa, y la Medalla marcó los inicios de su Milicia de la Inmaculada (el ejército de la Virgen). La relación entre el Santo y este pequeño objeto de devoción se desarrolló como una alianza llena de significado. ¡Descubrámosla juntos!
Un corazón todo de María
No sabemos con precisión cuándo pudo Maximiliano conocer esta devoción, pero lo cierto es que, una vez que la conoció, no podía sino ocupar un lugar en su corazón, que ya era todo de María. El Santo vivió plenamente su tiempo, y la de la Medalla Milagrosa era una devoción que circulaba por los caminos de la espiritualidad cristiana. Podemos suponer que aquel feliz encuentro tuvo lugar cuando era estudiante en Roma, en el colegio San Buenaventura.

Los orígenes de la Medalla Milagrosa
La acuñación de la Medalla Milagrosa nace de un deseo preciso de la Virgen María, quien el 27 de noviembre de 1830 se aparece a santa Catalina Labouré y le muestra la Medalla: «“Oh María, concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a vos”. Entonces se oyó una voz que decía: “Haz acuñar una medalla según este modelo. Todos los que la lleven al cuello recibirán grandes gracias, y estas serán abundantes para las personas que la lleven con confianza”». Este es el relato de la Santa.
Desde ese momento comienza la bellísima historia de este pequeño objeto, que se convierte en instrumento de amor, alegría y confianza para millones de personas en todo el mundo.


Un vínculo indisoluble
El vínculo entre la Medalla Milagrosa y san Maximiliano María Kolbe se vuelve indisoluble, hasta convertirse en un signo distintivo de pertenencia a su Milicia de la Inmaculada. De hecho, precisamente a través de la Medalla Milagrosa, cada miembro de la Inmaculada sentía que formaba parte de una única y gran familia espiritual, encabezada por la santa Virgen. Los primeros siete frailes que se asociaron con Maximiliano recorrían las calles de Roma distribuyendo la Medalla a todas las personas con las que se encontraban; así comenzaba un diálogo cuyo centro era María, el amor por ella, la oración y su Hijo Jesús. La Medalla se convertía en un instrumento para una evangelización sencilla y eficaz.
Una presencia fiel también en el “infierno”
Maximiliano dedicó su vida a hablar de María, a difundir la devoción hacia ella, a dar a conocer la Medalla Milagrosa y las inmensas gracias asociadas a ella. Al llegar al final de su camino terrenal, prisionero en Auschwitz, ¿tuvo el consuelo de llevar consigo la Medalla Milagrosa? No lo sabemos, pero presumiblemente -dado que a los internos les quitaban todo- no la llevaba consigo. Y, sin embargo, en las paredes de las celdas, en el infierno del campo de concentración, aparecieron dibujos de la Medalla Milagrosa. Probablemente también Maximiliano dibujó la Medalla para sentir cerca a María, para tener un signo exterior de su amor por la Virgen y para ofrecer consuelo a los prisioneros que estaban con él.

La «bala de amor»
San Maximiliano Kolbe vivió en una época difícil. Una época en la que la guerra, la violencia, el abuso y la injusticia eran los dueños. Sin embargo, en medio de la tragedia, supo introducir el rayo de la esperanza y, al definir la Medalla Milagrosa como la «bala de amor», subrayó que no existen solo disparos que matan, sino también disparos que llegan directos al corazón y lo inundan de amor, propagando vida y esperanza.
La herencia espiritual de san Maximiliano María Kolbe continúa aún hoy: un milite de la Inmaculada, de hecho, nunca sale de casa sin llevar consigo la Medalla Milagrosa. Y su difusión continúa en las calles, los hospitales, las cárceles y la sencillez de los lugares cotidianos. A pesar de los cambios en curso, el sencillo gesto de san Maximiliano de regalar la Medalla a quienes encontraba sigue vigente y conserva su valor y significado. Un gesto que continúa diciendo que pertenecer a María es el camino seguro para llegar a Jesús.


