- Introducción
- La «puerta» de la Pasión
- El secreto escondido en su corazón
- La meditación de la Pasión
- La escuela de meditación
- Conclusión
La vida de los santos es siempre fascinante y cautivadora. Con sus ejemplos de oración, penitencia, escucha de la Palabra de Dios, práctica de la fe y caridad, dejaron un gran testimonio capaz de transmitirnos también el mismo fervor.
Una de estas figuras es, sin duda, san Pablo de la Cruz (1694-1775), uno de los más grandes místicos del siglo XVIII. En este artículo descubrimos juntos y hacemos nuestro el valioso secreto escondido en su corazón, que lo convirtió en el santo de la Pasión de Cristo.

Aunque su vida fue riquísima, podría resumirse en pocas palabras: «La meditación de la Pasión de Jesús es el medio más eficaz para dar sentido al valor de la vida».
San Pablo de la Cruz enseña, con sus obras y palabras, que mediante la meditación de la Pasión cada persona puede encontrar la fuerza para afrontar los sufrimientos cotidianos: «Debemos aceptar de buena gana la cruz de las tribulaciones, al menos con la parte superior del espíritu, como Jesús aceptó su condena a muerte en la cruz, en perfecta conformidad con la voluntad del Padre». En este contexto, el sufrimiento no es algo que deba evitarse a toda costa, sino algo que debe aceptarse, «pues si ahora sufrimos con Cristo, con Cristo reinaremos en la gloria del Padre».
En efecto, «quienes padecen tribulaciones, enfermedades, persecuciones y desprecios por amor de Dios ayudan a Jesucristo a llevar la cruz, y participarán de su gloria en el cielo si perseveran».
Por tanto, la meditación de la Pasión de Jesús y del amor infinito de Dios por nosotros nos ayuda a superar las pruebas, a crecer en la fe, en la paciencia y en el abandono en Dios. Solo comprendiendo el amor de Dios podemos aceptar con fe y serenidad la cruz cotidiana.
A aquellas personas que quieren conquistar estas cumbres del amor les dice: «El recuerdo de la Pasión de Jesús, junto con la imitación de sus santas virtudes, es la puerta que conduce al alma a la íntima unión con Dios, al recogimiento interior y a la más sublime contemplación».
No se puede entrar en el misterio de Dios si no es por la «puerta» de la Pasión.
El secreto escondido en su corazón
Mediante la contemplación de la Pasión de Jesús, san Pablo de la Cruz queda totalmente envuelto por el misterio del amor de Dios que se manifiesta en la Cruz. Desde pequeño se conmueve profundamente cuando su madre le cuenta la Pasión del Salvador y le muestra el Crucifijo como modelo con el que compararse, y le dice: «¡Mira, hijo mío, cuánto sufrió Jesús!».
Cuanto más camina con Jesús, más siente que quiere ser como él. Así, la Pasión del Señor se convierte en el centro de su vida, hasta el punto de que el Señor la imprime físicamente en su corazón. El propio Santo narra el hecho extraordinario: «Un Viernes Santo, mientras rezaba ante el Santo Sepulcro, Jesús se dignó imprimir en mi corazón su Santísima Pasión, y de inmediato tres costillas del corazón se elevaron. Porque, de no ser así, no habría podido resistir ni vivir. Todos los instrumentos de su Pasión me los esculpió en el corazón y, en medio de este, el Santo Signo Jesu Christi Passio; es más, con su Pasión imprimió en mi corazón también los dolores de su querida Madre. ¡Oh, qué dolores sentía, oh, qué amor! ¡Una mezcla de extremo dolor y excesivo amor! Esta amorosa y dolorosa impresión de la Pasión me hace gemir, sobre todo desde el jueves por la noche hasta el domingo de cada semana».

El aspecto más original y más fuerte del apostolado de san Pablo de la Cruz es meditar la pasión de Jesús con la gente y enseñar a todos a meditarla personalmente. En efecto, está convencido de que «el medio más eficaz para convertir incluso a las almas más perdidas es la santísima Pasión de Jesucristo, porque la meditación de los sufrimientos del Salvador tiene el poder de exterminar los vicios y establecer a las almas en el santo amor y temor de Dios». En la contemplación de los sufrimientos del Señor, en efecto, ve el medio para corregir y superar los propios defectos y eliminar los propios pecados: «Pensando en un Dios que ha sufrido por mí, en un Dios azotado, coronado de espinas, escupido por mí, en la cruz por mí, ¿cómo es posible que, penetrado hoy y mañana por estas verdades de fe, se llegue a ofenderle?».

El Santo señala también la Pasión de Jesús como medio para progresar rápidamente en la vida espiritual; al respecto escribe: «Hay que imprimirla en nuestros corazones, dejarnos penetrar por sus penas amarguísimas, pues por ellas se enciende en nosotros el amor de Dios y nos sumergimos en el abismo de la Divinidad».
Instintivamente, la Pasión del Señor nos asusta porque tendemos a evitar el dolor, el sufrimiento, la prueba y las adversidades, y no queremos recorrer el camino de la cruz.
Sin embargo, el dolor siempre está al acecho y lo experimentamos continuamente: la meditación de la pasión de Jesús y del amor infinito de Dios por nosotros es una ayuda para superar las pruebas, crecer en la fe, la paciencia y el abandono en Dios. A través de la contemplación de los dolores de Cristo podemos encontrar consuelo en nuestros sufrimientos y desarrollar una mayor compasión hacia los demás.
El otro elemento esencial consiste en enseñar a meditar para imprimir en el corazón de los fieles la verdadera devoción a la Pasión de Jesús.
Así, el apostolado de san Pablo de la Cruz se convierte en una escuela de meditación. Enseña con un método sencillo, compuesto por pocos pasos: acto de fe, acto de humildad, invocación del Espíritu Santo, de la protección de María y de los santos, lectura de un libro sobre la Pasión de Jesús y, finalmente, la meditación.
Finalmente, se concluye ofreciéndole al Señor todo: el día, la vida y el tiempo; después se da gracias por la oración realizada y por los dones recibidos y, finalmente, se termina con algunas peticiones para avanzar en el camino.
A quienes no pueden hacer largas meditaciones les aconseja «hacer durante el día breves afectos, como jaculatorias, hacia Jesús apasionado, según las ocasiones»; además, sugiere ofrecer «todo lo que hacen y padecen por amor y en memoria de lo que Jesús hizo y padeció por nuestro amor».
Aplicando estos sencillos consejos a nuestra vida concreta, podemos comprobar si este ejercicio produce realmente frutos tan abundantes.
Mediante la predicación y la meditación, el Santo conduce a extraordinarios progresos espirituales a personas de toda condición: en primer lugar, obviamente, a las consagradas, tanto en su Congregación como en otras, pero también a muchísimos laicos, entre ellos padres y madres de familia.
Con amorosa, pero incesante insistencia, les indica a ellos, y hoy también a nosotros, cómo alcanzar la santidad. Y así se revela lo que él llama la «santidad secreta de la cruz»: «En la pasión de Jesús está todo»; es un camino grande y seguro que todos pueden recorrer.
Sumergirse en la Pasión del Señor como manifestación de su amor gratuito sigue siendo hoy el medio principal para alcanzar la santidad.
¿Qué opinas? ¿Consideras que la meditación de la Pasión sigue siendo válida o que es una práctica ya superada? ¡Escríbelo en los comentarios!

