¿Quién no conoce al padre Pío? Su experiencia fue tan extraordinaria que despertó admiración y, al mismo tiempo, sospechas durante toda su existencia. Lo cierto es que, entre admiradores y detractores, nadie que se cruzara con él podía permanecer indiferente. Y, sin embargo, las personas sencillas nunca tuvieron ninguna duda sobre su santidad, hasta tal punto que la piedad popular ya lo veneraba como santo cuando aún estaba vivo. ¡Descubramos algo más sobre este santo extraordinario!
Un santo extraordinario en lo ordinario
El secreto de la santidad del fraile místico enamorado de Dios fue su más completa normalidad, que le valió carismas místicos -esos sí, extraordinarios- por parte del Señor.
El padre Pío confesaba, celebraba misa, rezaba... es decir, hacía lo que hace cualquier religioso... y, sin embargo, el Señor quiso plantar su morada en su vida «ordinaria» de un modo único.
La profunda espiritualidad del padre Pío, impregnada de una humanidad rebosante de emoción -se conmovía hasta las lágrimas por cualquier nimiedad, pues era un alma ultrasensible-, está tejida de acciones cotidianas y ordinarias, alimentadas por la oración incesante.

Grande en la humildad
El padre Pío rechazó los clamores del mundo para ocultarse en la virtud de la humildad. Podemos decir, sin temor a que nos contradigan, que la grandeza del padre Pío fue como la de María: grande en la humildad y en el servicio.
Hombre de dolores -no olvidemos que llevó en su carne las señales de la pasión durante 50 años-, pero también consumido por el amor al Señor y a las almas, el padre Pío, más que obrar milagros en nombre del Señor, fue el milagro más hermoso que Dios podía hacer en el siglo XX.
«Señor, no deseo otra cosa que conducir a todos hacia ti»
Podríamos detenernos en mil y más aspectos de su carácter, de su ministerio y de su espiritualidad, pero deseamos dejarnos iluminar por su condición de auténtico maestro del espíritu: su «escuela» se frecuentaba en el confesionario. En efecto, estaba animado por un altísimo concepto de la Confesión y decía: «Si los confesores confesaran como deberían confesar, los fieles serían como deberían ser». Dedicaba muchísimo tiempo a las confesiones: «No tengo un minuto libre -escribía el 3 de junio de 1919- todo el tiempo lo dedico a liberar a los hermanos de las cadenas de Satanás».
Un padre que escrutaba los corazones
Tenía el carisma de saber escrutar los corazones y estaba animado por el amor de un padre que quiere conducir a sus hijos a la vida plena. Juan Pablo II, que se confesó con el capuchino, dijo: «Durante la confesión, el padre Pío demostró ser un confesor con un discernimiento sencillo y claro, que trataba al penitente con gran amor».
En la guía de las almas, el padre Pío utilizaba un «método» de una sencillez desarmante: una profunda intuición psicológica y la innata capacidad de ponerse en el lugar de la otra persona, de sumergirse en sus sentimientos y estados de ánimo, le permitían comprender las condiciones interiores de quien acudía a él. Exigía sinceridad, transparencia y docilidad; recordaba a menudo a las almas y, quizá también a sí mismo, que hablaba «de parte de Jesús». No obligaba a nadie ni echaba a nadie, pero de quien se confiaba a él no admitía subterfugios ni aproximaciones.
¿Era severo el padre Pío?
Es necesario ofrecer una clave de lectura adecuada de la severidad del padre Pío. Esta, según diversos testimonios, tenía como único fin la salvación de las almas, el cambio de vida; el Santo deseaba que cada uno pudiera dar un sentido a su existencia. Y las multitudes lo buscaban; este acudir de la gente hacia él fue comentado así por Pablo VI: «¡Miren qué fama tuvo, qué clientela mundial reunió a su alrededor! ¿Pero por qué? ¿Acaso porque era filósofo? ¿Porque era un sabio? ¿Porque tenía medios a su disposición? Porque decía la misa humildemente, confesaba desde la mañana hasta la noche y era, por difícil que resulte decirlo, la representación viviente de los estigmas de nuestro Señor. Era un hombre de oración y de sufrimiento». El padre Pío sabía acompañar a las personas, intuyendo los peligros de la vida espiritual y los caminos recorridos por Dios en su acción salvífica; desde el momento del arrepentimiento y de la liberación del mal cometido se convertía en un fiel compañero de viaje. Él quería que todo el mundo caminara con él hacia el reino de Dios. Sigamos, pues, dejándonos iluminar por su sabiduría espiritual y repitamos junto con él: «¡Pongámonos manos a la obra, remanguémonos!».




