Rita es una santa «completa» porque vivió como mujer, hija dócil y atenta; esposa amada y fiel; madre tierna y comprensiva, comprometida con la educación cristiana de sus dos hijos; viuda activa, que nunca se replegó en sí misma; monja rebosante de amor por Dios y por el prójimo… ¡y santa! Parece casi imposible que en su vida se hayan sumado tantas experiencias y situaciones, por lo que acudimos a ella con la certeza de ser comprendidos y entendidos en nuestras dificultades. La fama de «santa de las cosas imposibles» hace que recurramos a ella incluso cuando parece que ya no hay nada que hacer. Ella, en efecto, vivió con la firme convicción de que, confiando en Dios, todo es posible. Y eso es lo que también nos enseña hoy.

La fuerza de santa Rita
San Juan Pablo II se preguntaba: «¿Por qué Rita es santa?», y respondía así: «No tanto por la fama de los prodigios que la devoción popular atribuye a la eficacia de su intercesión ante Dios omnipotente, cuanto por la asombrosa “normalidad” de la existencia cotidiana, vivida por ella primero como esposa y madre, después como viuda y finalmente como monja agustina».
Estas palabras subrayan que santa Rita fue simplemente una hermana nuestra que nos precedió en el vivir una vida normal, entretejida, sin embargo, con la luz y la presencia incesante de Dios, que nunca abandona a sus criaturas, especialmente en la hora del dolor y la turbación. Y precisamente en esto consiste su fuerza.
Rita dio testimonio con su vida de la alegría del perdón inmediato y generoso, del amor fraterno intenso y sincero, de la confianza plena y filial en Dios, de la cruz llevada con Cristo y por Cristo.
Por eso, santa Rita, con su ejemplo, sigue siendo hoy un gran modelo que imitar y, como ella, debemos enamorarnos de Dios y ponerlo en el centro de nuestra vida.

El mensaje de santa Rita
Rita transmitió su mensaje sin escribir nunca nada, sino mediante el ejemplo concreto de una vida cotidiana hecha de amor a Dios y amor a los hermanos. Precisamente por eso su mensaje sigue siendo siempre actual: Dios es amor. Y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.
La vida de la Santa nos ofrece un mensaje de amor que se concreta en el ofrecimiento del perdón y en la aceptación del sufrimiento por amor a Cristo: «La humildad y la obediencia fueron los caminos por los que Rita avanzó hacia una asimilación cada vez más perfecta al Crucificado» (San Juan Pablo II).
Su devoción por la Cruz fue tan grande que un Viernes Santo, después de escuchar un sermón sobre la pasión, movida por el amor a Cristo Crucificado, una espina de la corona le atravesó la frente y le causó un dolor que duró hasta su muerte. La suya fue verdaderamente una vida marcada por la cruz; soportó el dolor porque comprendió la sabiduría de la cruz, transformando el dolor en un amor que da sin pedir nada para sí. Es también Juan Pablo II quien nos describe la singularidad de santa Rita al vivir la dimensión del dolor: «Discípula del Crucificado y experta en el sufrimiento, aprendió a comprender las penas del corazón humano. Rita se convirtió así en abogada de los pobres y de los desesperados, obteniendo para quienes la invocaban en las situaciones más diversas innumerables gracias de consuelo y alivio».
La familia en el centro
En la vida de Rita aparece, ante todo, el valor de la familia. Fue esposa y madre, y es considerada protectora de los matrimonios, especialmente de los más difíciles. A las familias de hoy, llamadas a afrontar múltiples desafíos que a menudo no logran superar, el ejemplo de esta santa agustina les devuelve la fe en el matrimonio como vocación y camino hacia la santidad. Sobre todo, invita a las familias a recuperar la convicción de que ha sido querida por Dios y es el lugar donde un hombre y una mujer reflejan el amor de Dios y se convierten en sus generosos y exclusivos colaboradores en la transmisión de la vida.
También durante su viudez, Rita fue valiente porque no se encerró en su dolor, sino que supo transformar su dolorosa experiencia personal y familiar en amor al Señor y al prójimo, mediante una caridad activa y generosa. Este camino puede ser recorrido e imitado por las personas viudas, que pueden encontrar en ella motivos para renacer, incluso en su difícil situación.
Rita es también una madre que llora a sus hijos muertos; por eso se la relaciona con la Virgen Dolorosa, con quien comparte el mes (la fiesta de Rita es el 22 de mayo) y la rosa como flor-símbolo.
También hoy es posible vivir dejándonos guiar, en lo concreto de nuestras decisiones y relaciones, por aquellos valores que fueron propios de santa Rita, que ella vivió y nos dejó como ejemplo. Por eso, el amor, el perdón, la paz, la justicia y la solidaridad siguen siendo fuerzas de atracción también hoy.

La lección desconcertante del perdón
Santa Rita, que creció en una época en la que la venganza y las luchas eran lo normal, tuvo la fuerza de elegir el perdón y la reconciliación. No fue fácil, pero puso en práctica las valiosas enseñanzas recibidas de su madre y de su padre, que eran «pacificadores de Cristo», es decir, se dedicaban a reconciliar las disputas familiares. No solo eligió perdonar públicamente a los asesinos de su marido, sino que rogó fervientemente al Señor que rompiera la espiral de sangre provocada por la muerte de su esposo y que sus dos hijos no se vengaran. Por eso prefirió, como verdadera mujer de paz y como madre, ofrecer la vida de sus dos hijos a Dios antes que hacerlos vivir en el odio para vengar la muerte de su padre. Mujer del diálogo y la reconciliación, no se dejó vencer por el mal, sino que venció el mal con el bien. Y el camino que nos sugiere a todos está hecho de humildad, sacrificio, escucha del otro, paciencia, gratuidad, tolerancia y búsqueda del diálogo, comprensión y misericordia. No es sencillo, pero es el único camino que nos acerca a Dios y hace que todo sea posible. Su ejemplo de fe nos recuerda que el perdón solo se alcanza construyéndolo sobre la oración y que la violencia nunca resuelve los conflictos, sino que aumenta sus consecuencias, siempre dramáticas para todos.
Construir el perdón significa abrir, o mejor dicho, abrir de par en par las puertas al otro, tratando de mediar y reconstruir el diálogo para permitir experimentar el amor del Señor.
Maestra de una santidad hecha de gestos ordinarios
Verdaderamente Rita es la mujer fuerte y la virgen sabia que, en todos los estados de la vida, indica cuál es el camino auténtico hacia la santidad como seguimiento fiel de Cristo hasta la muerte. El ejemplo de esta mujer enamorada de Dios nos recuerda que ha llegado el momento de proponer de nuevo a todos, con convicción, esta «“medida alta” de la vida cristiana ordinaria». El papa Francisco ha escrito: «Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo cada uno su propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y cuidando a tu marido, a tu esposa […]. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando a favor del bien común y renunciando a tus intereses personales» (Gaudete et Exultate, 14). Por tanto, el camino de la santidad no está hecho de gestos heroicos, sino de gestos ordinarios realizados, eso sí, de manera extraordinaria, como los de la santa de Casia.

La rosa de santa Rita
La rosa es el símbolo asociado a santa Rita, que fue el buen perfume de Jesús y supo acoger las espinas como un don de amor hacia él.
La tradicional bendición de las rosas, imprescindible el día de la fiesta de santa Rita (22 de mayo), no es solamente un rito: en ese perfume que se esparce por las calles, no solo de Casia, está el perfume de la santidad. El modelo al que ella llama a mujeres y hombres es este: una vida abierta al otro, valiente en el amor y la caridad, disponible para el diálogo y consagrada a construir la paz.
El mensaje de santa Rita ha llegado hasta nosotros poderoso y valioso; por tanto, nos corresponde hacerlo nuestro y ponerlo en práctica.
A cada uno de nosotros Rita entrega su rosa: al recibirla espiritualmente, comprometámonos a vivir como testigos de esperanza; en nuestras acciones cotidianas, dejémonos acompañar concretamente por el amor, el perdón, el diálogo y la humildad que nuestra querida santa Rita ha sembrado a lo largo de los siglos hasta hoy.
¿Cuál es tu relación con santa Rita? ¿Alguna vez has acudido a ella para pedir gracias imposibles?
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