Santa Teresa de Lisieux inspiró, con su «Historia de un alma», su diario espiritual que se convirtió en un superventas de fama mundial, a generaciones de hombres y mujeres que encontraron en ella una maestra dulce, atenta, práctica, cercana y auténtica.

Pero ¿quién es Teresa?
Teresa nace el 2 de enero de 1873 en Alençon, Francia. Vive en una familia capaz de amarla y de enseñarle a amar. Sin embargo, su infancia está marcada por la muerte de su madre, cuando solo tiene 4 años, y por una enfermedad muy grave de la que se cura por intercesión de la Virgen María. El amor de su padre, su «rey», y de sus cuatro hermanas la hacen crecer en la serenidad y la alegría.
Cuando una de sus hermanas entra en el Carmelo, comprende que ese también es su camino. En el monasterio podrá hacer realidad su deseo de amar a todos a través de Jesús.
El Carmelo
Teresa entra en el Carmelo de Lisieux, después de haber ido hasta Roma para pedir autorización al papa León XIII, debido a su corta edad.
Vive la humildad, la sencillez evangélica y la confianza en Dios. Da a su vida cotidiana la incomparable huella de la sonrisa, expresión de esa alegría que, según sus palabras, «no está en los objetos que nos rodean, sino que reside en lo más profundo del alma».
Cuando escribe en su diario: «Oh, sí, todo me sonreirá aquí abajo», está experimentando injusticias e incomprensiones y, ya debilitada por la tuberculosis pulmonar que aparece en 1896, agotada de fuerzas, no rechaza ningún trabajo pesado y continúa «arrojando a Jesús las flores de los pequeños sacrificios».

La infancia espiritual y la pequeña vía
De las estupendas páginas de sus cuadernos -que luego se publicarán con el título de «Historia de un alma»-, se desprende la grandeza de su doctrina espiritual, sencilla y profunda a la vez, que bebe de las fuentes del Evangelio.
Teresa imprime a su vida la originalísima huella de la «infancia espiritual», la «pequeña vía», hecha de confianza y abandono en Dios: «Dormir en los brazos de Dios nuestro Padre».
Ya agotada por la enfermedad, pasa los últimos tres meses de su vida en la enfermería del monasterio, siempre serena y sonriente, abandonada como un niño en los brazos de su madre.
Se esfuerza por vivir, en las pequeñas cosas y en lo cotidiano, su pequeño camino de confianza y amor, el camino que quiere señalar al mundo entero como transitable por todos.
Teresa muere el 30 de septiembre de 1897 diciendo simplemente: «¡Dios mío… te amo!».
Una campeona de la santidad
A Teresa Martin le bastaron 24 años para convertirse en «la santa más grande de los tiempos modernos» (san Pío X), patrona universal de las Misiones (Pío XI), doctora de la Iglesia (san Juan Pablo II).
Esta mujer pequeña y grande, que había prometido hacer caer del cielo una lluvia de rosas, sigue siendo fiel a su propósito y haciendo florecer el jardín de la Iglesia con su intercesión.
Estaba convencida, en efecto, de que su misión era «hacer el bien en la tierra hasta el fin del mundo».

Una lluvia de rosas del cielo
Teresa encuentra una manera, muy suya, de cumplir su promesa de hacer caer del cielo una lluvia de rosas.
El 3 de diciembre de 1925, un jesuita, el padre Putigan, comienza una novena a santa Teresa del Niño Jesús pidiendo una gracia importante.
Para saber si la novena dará el fruto deseado, pide una señal: desea recibir como regalo una rosa fresca. No se lo cuenta a nadie. Al tercer día, recibe la rosa solicitada y obtiene la gracia. Comienza otra novena; el cuarto día, una monja le lleva una rosa blanca diciéndole: «Santa Teresa te la envía». Asombrado, el sacerdote pregunta: «¿Dónde la has tomado?». «Estaba en la capilla -dijo la monja- y, cuando me iba, pasé delante del altar sobre el que hay colgada una hermosa fotografía de santa Teresa. Esta rosa cayó a mis pies; quise volver a colocarla en el ramo, pero tuve la inspiración de que debía llevártela». El padre Putigan recibe la gracia que había pedido y, entonces, decide difundir la novena llamada “de las rosas”. Una novena que todavía hoy utilizan los devotos de santa Teresa para pedir su intercesión.



