San Agustín es uno de los santos más conocidos y apreciados de la historia de la Iglesia. Su trayectoria humana y espiritual ha apasionado a muchísimas generaciones y sigue ejerciendo un enorme atractivo sobre quienes desean descubrir la acción de Dios en el camino de conversión de un alma.

Nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, localidad de la actual Argelia. Santa Mónica, madre de Agustín, transmitió la fe cristiana a su hijo, quien, sin embargo, abandonó las enseñanzas y el ejemplo recibidos de su madre, prefiriendo la filosofía y el maniqueísmo. Su vida estuvo marcada por el encuentro con una mujer, con quien tuvo un hijo, y por la dedicación de todo su empeño al estudio y la enseñanza de la filosofía, la retórica y las ciencias humanísticas.
Un momento decisivo de su cambio de vida tuvo lugar durante un viaje a Milán en 387, donde recibió la gracia de escuchar a san Ambrosio, quien le administró el sacramento del bautismo.
De Milán se trasladó a Roma, para dirigirse a África con la intención de fundar una comunidad monástica. En Ostia murió su madre, Mónica, provocando en su corazón un gran dolor, pero también un enorme agradecimiento a Dios por la fe que le había transmitido. Agustín se dirigió a Hipona, donde fue ordenado obispo. Agustín dejó obras literarias, teológicas y filosóficas que, todavía hoy, son objeto de estudio y meditación. Durante la invasión de los vándalos en Hipona, en 429 Agustín enfermó gravemente. Murió a los 76 años, el 28 de agosto de 430.
Agustín fue un hombre verdaderamente enamorado de Dios, quien misteriosamente permitió un largo camino antes de llegar a la conversión. Agustín había comprendido que todo su conocimiento y todo su saber no habían hecho feliz a su corazón. Aunque había alcanzado fama y notoriedad, su alma sentía una profunda nostalgia, debida a la falta de algo que solo después descubriría que era la pérdida de la relación vital con Dios.
Dios permitió que Agustín abandonara la fe que le había enseñado su madre para acercarse a la filosofía y al maniqueísmo. Durante este tiempo alejado de Dios, Agustín pudo profundizar en el conocimiento de la filosofía, la retórica, el arte de escribir bien y de hablar bien, que posteriormente pondría al servicio de la Iglesia. Agustín dejó páginas memorables de comentarios a los Evangelios y a los libros del Antiguo Testamento, capaces de atraer a los lectores hacia la belleza, la verdad y la riqueza de la Palabra de Dios.
Los escritos de Agustín son la herencia más valiosa que dejó a la Iglesia, enriquecida por el inestimable don de la correcta interpretación de la Escritura y del profundo conocimiento de la Palabra de Dios, que continúa hablando a la vida de las personas a través de Agustín, porque, ante todo, Dios habló personalmente a su corazón mediante el Espíritu Santo.



