«María, catedral del silencio»: este es uno de los títulos con los que don Tonino Bello presenta a María en su maravilloso libro titulado María, mujer de nuestros días. Y se pregunta: «Pero ¿por qué María es catedral del silencio? Para empezar, porque es una mujer de pocas palabras. En el Evangelio habla apenas cuatro veces: en el anuncio del ángel, cuando entona el Magnificat, cuando encuentra de nuevo a Jesús en el templo y en Caná de Galilea. Después de recomendar a los sirvientes de la boda que escucharan la única palabra que cuenta, ella calla para siempre.
Pero su silencio no es solo ausencia de voces. No es el vacío de ruidos. Y tampoco el resultado de una particular ascética de la sobriedad. Es, en cambio, la envoltura teológica de una presencia. La cáscara de una plenitud. El seno que custodia la Palabra», porque, como recuerda el papa Francisco, ella «con el silencio cubrió el misterio que no comprendía y con este silencio permitió que ese misterio pudiera crecer y florecer en la esperanza».
El cielo es experto en silencio y el Evangelio nos hace encontrarnos con dos grandes «campeones del silencio»: José, hombre justo, «hombre del silencio» que supo «dejar espacio a la presencia de la Palabra hecha carne, a Jesús» (papa Francisco), y María, precisamente ella, que «guarda todo en su corazón».


¡En la escuela de María, aprendemos entonces el secreto y la belleza del silencio!
El silencio es capaz de crear «espacios a la medida del corazón», espacios en los que podemos reencontrarnos, detenernos un instante ante la prisa que normalmente nos impulsa siempre hacia adelante y abrir nuestro ánimo a la oración o a la meditación.
El libro del padre Emiliano Antenucci, La Virgen del silencio, nos invita a experimentar la espiritualidad del silencio y a saborear toda su riqueza: ¡aprendamos de ella, Virgen del silencio, la belleza y el precioso don del silencio!

