«Si me equivoco, me corregirán»; así se presentó al mundo el cardenal Karol Wojtyla el 16 de octubre de 1978, entrando inmediatamente en el corazón de la gente. Él mismo, en su testamento, recuerda aquel día con estas palabras: «Cuando el 16 de octubre de 1978 el cónclave de los cardenales eligió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, el cardenal Stefan Wyszynski, me dijo: “La tarea del nuevo papa será introducir a la Iglesia en el tercer milenio”», y eso es precisamente lo que hizo Juan Pablo II, el Papa «llamado desde un país lejano», como se definió en su primer saludo a los fieles.
Su pontificado fue larguísimo (27 años), intenso y, sobre todo, misionero. Fueron muchísimos los viajes que emprendió (¡nada menos que 104!) para salir al encuentro de los cristianos de todo el mundo.
Abierto al diálogo con todos, en particular con las demás religiones, quiso reunirse con sus representantes en Asís, en 1986, para rezar juntos por la paz en el mundo.

Atento a los jóvenes, para quienes puso en marcha en 1985 las Jornadas Mundiales de la Juventud. Y estuvo presente en nada menos que diecinueve de ellas en distintas partes del mundo, con la participación de millones de jóvenes entusiastas y fascinados por la palabra de Dios que anunciaba sin concesiones.
Ningún papa ha conocido jamás a tanta gente como Juan Pablo II, que supo interpretar de la mejor manera una idea de Iglesia «en salida», anunciadora del Evangelio al mundo entero, que no permanece encerrada en las sacristías, sino que sale al encuentro de todos, creyentes y no creyentes, cristianos o pertenecientes a otras religiones, para construir con todos un mundo de justicia y de paz. Un papa (¡un santo!) que cambió la historia, desempeñando también un papel importante en la caída del régimen comunista en Polonia, su patria, y después en el resto de los países soviéticos, encarnando así lo que había sido el mensaje de la homilía de la misa de inicio de su pontificado: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid, es más, abrid de par en par las puertas a Cristo! A su poder salvador abrid las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, la civilización y el desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo sabe “qué hay dentro del hombre”. ¡Solo él lo sabe!».




Oremos a san Juan Pablo II y elevemos al Señor con él, hombre de paz, una oración por la paz:
Señor,
fuente de la justicia
y principio de la concordia,
tú, en el anuncio del ángel a María
has llevado a los hombres
la buena noticia
de la reconciliación
entre el Cielo y la tierra:
abre el corazón de los hombres al diálogo
y sostiene el compromiso
de los promotores de la paz,
para que sobre el recurso a las armas
que prevalezca la negociación,
ante la incomprensión, el entendimiento,
ante la ofensa, el perdón; ante el odio, el amor.
San Juan Pablo II
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