siamo tutti figli siamo tutti fratelli

Editrice Shalom

Tempo di lettura: 3 min
Autore: Editrice Shalom

Cosa troverai in questo articolo?

Todos somos hijos, todos somos hermanos

Familia

La vida es un misterio que resplandece ante nosotros cuando nacen los hijos y los vemos por primera vez con nuestros propios ojos; en ese momento hay algo más grande que nos sobrecoge. Ese niño, esa niña son la evidencia de un misterio de vida que solo depende en parte de nosotros y que amamos incluso antes de conocerlo.
Aunque todos somos diferentes, todos somos hijos; por eso nos une una identidad fundamental. En efecto, nadie elige nacer. Cada uno de nosotros debe su existencia y su vida a una madre y a un padre. No podemos darnos la vida, solo podemos recibirla y custodiarla. 
Además, existe una condición filial que procede del hecho de haber sido creados, por lo que Dios es padre de todos, porque todos hemos sido creados por él. Con la venida del Hijo estamos llamados a convertirnos en hijos en él y, por tanto, mediante la gracia, a incorporarnos a la Iglesia, que es la comunidad de los hijos de Dios, no en sentido exclusivo, sino inclusivo.

Todos necesitamos a los demás

Cuando los hijos son pequeños nos necesitan. Su vida cotidiana depende de nosotros: la comida, la ropa, el cuidado del cuerpo, la comunicación, aprender a desenvolverse en el mundo. Sin embargo, también de adultos todos experimentamos que dependemos de algo y de alguien. Vivimos en una época en la que prevalece la autorreferencialidad: tendemos a pensar en nosotros mismos y a cuidar nuestro propio terreno, pero necesitamos acogernos e integrarnos, caminar juntos y ser hermanos y hermanas. Todos, en nuestra fragilidad y vulnerabilidad, necesitamos a los demás. ¡Siempre necesitamos ayuda, amor y perdón!
¿Qué se esconde detrás de esta verdad?

Amados antes de nacer

«Yo pensaba en ti antes de formarte en el vientre materno. Antes de que nacieras, ya te había elegido» (Jer 1,5). Dios Padre pensó en cada uno de nosotros como un ser único y nos amó desde antes de que naciéramos. Dios nos amó primero, nos deseó y nos llamó a la vida, y nuestros padres se abrieron a acoger este don.
En la vida cotidiana experimentamos lo terrible y angustioso que es sentir que no somos necesarios, aunque solo sea no ser elegidos o ser elegidos en último lugar, como si fuéramos una opción de reserva. Pero si pensamos que somos elegidos y llamados desde siempre, entonces estar en el corazón de Dios nos libera de la angustia, asegurándonos que estamos arraigados desde siempre en un amor que viene “antes” que cualquier otra cosa.
«Es la belleza de ser amados desde antes: los hijos son amados antes de llegar» (Papa Francisco, Audiencia general, 11 de febrero de 2015). Esto nos dice que la condición necesaria para entrar en el Reino de Dios consiste «en no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, de amor, de perdón» (Papa Francisco, Audiencia general, 18 de marzo de 2015), todas cosas a las que los hijos, especialmente cuando son niños, nos remiten constantemente.



Vivir en fraternidad

Por tanto, estamos llamados personalmente, pero junto con otros. Si somos hijos, también somos todos hermanos (Fratelli tutti, 279) y la familia es el primer lugar en el que se aprende a vivir la fraternidad a la que, como hijos de un único Padre, todos estamos llamados.
Nuestras diferencias no son un daño ni un peligro, son una riqueza. Es como un artista que quiere hacer un mosaico: ¡es mejor disponer de teselas de muchos colores que de pocos! La experiencia de la familia nos lo enseña: entre hermanos y hermanas somos diferentes unos de otros y no siempre nos llevamos bien, pero existe un vínculo indisoluble que nos une y el amor de los padres nos ayuda a querernos.

Pistas de reflexión en pareja/en familia

¡Todos necesitamos siempre ayuda, amor y perdón!
• ¿Qué sentimos cuando nos sentimos ayudados, amados, perdonados?
• ¿De quién nos hemos sentido ayudados, amados, perdonados?
• Cada persona con la que nos encontramos lleva en el corazón el deseo de sentirse ayudada, amada, perdonada. Por tanto, nuestra presencia puede ser importante junto a cada persona. Pensemos en estos últimos días: ¿a quién hemos hecho feliz y a quién nos ha costado amar?
• Acojamos la invitación del papa Francisco: «Que cada uno de nosotros piense en su corazón en sus propios hijos –si los tiene– […] Y todos pensemos en nuestros padres y demos gracias a Dios por el don de la vida» (Papa Francisco, Audiencia general, 11 de febrero de 2015).


Todos somos hijos, todos somos hermanos

Cosa troverai in questo articolo?