Quizá aquel día Simón de Cirene no imaginaba lo que los soldados romanos lo obligarían a hacer. No estaba presenciando el durísimo suplicio de Jesús, sino que pasaba por allí por casualidad; quizá esperaba poder pasar desapercibido para llegar cuanto antes a su casa. Sin embargo, como leemos en los Evangelios sinópticos (es decir, los de Mateo, Marcos y Lucas), fue obligado a cargar con la cruz y a llevarla en lugar del propio Jesús (Mt 27,32; Mc 15,21; Lc 23,26). Al querer “evitar” la cruz, en su deseo de eludir el dolor, Simón está muy cerca de nosotros y su historia tiene mucho que decirnos.
¿Por qué se recuerda el nombre de Simón de Cirene en el Evangelio de Marcos?
El Evangelio de Marcos nos indica los nombres de los dos hijos de Simón, Alejandro y Rufo, que no aparecen en ningún otro lugar del Evangelio. No son dos personalidades de la época y probablemente Marcos los mencionó con la intención de llamarlos como testigos del hecho que concernía a su padre.
Esto significa que ambos aún están vivos cuando Marcos escribe su Evangelio y que, de alguna manera, la comunidad cristiana a la que Marcos se dirige los conoce. Esta comunidad es la de Roma.
El evangelista Marcos menciona muy pocos nombres propios, y el hecho de que cite el nombre de Simón de Cirene y el de sus hijos nos da testimonio de la importancia que se les atribuía.


Un poco de historia
Simón de Cirene fue obligado a llevar la cruz, y este hecho estaba plenamente en consonancia con las costumbres de la época. Los romanos, dominadores de Judea, vejaban, en efecto, al pueblo sometido a ellos mediante demostraciones de fuerza. Existía una ley que permitía a los oficiales romanos obligar a cualquiera a realizar un trabajo, incluso muy duro, sin tener en cuenta la condición social de la persona. Y también Simón de Cirene sufrió las consecuencias de esta ley: fue elegido para llevar el patíbulo, es decir, el brazo horizontal de la cruz, detrás de Jesús. Él, que según algunas fuentes históricas habría sido un notable, es decir, un hombre culto, no solo era humillado por semejante tarea, sino que tampoco habría podido participar en la Pascua porque, al haber tocado la madera del instrumento de tortura y muerte, se había vuelto impuro a los ojos de Dios y de los hombres.

Simón de Cirene también habla de nosotros
Quizá Simón de Cirene se parece a nosotros; quizá nos representa a todos cuando nos enfrentamos a una dificultad repentina, a un peso difícil de llevar que no habíamos previsto, a una prueba, una enfermedad; en definitiva, cuando nos encontramos teniendo que cargar con el peso de la cruz. Nos preguntamos, como probablemente se preguntó el Cireneo: «¿Por qué yo? ¿Por qué precisamente ahora?».
El camino que debemos seguir fue el que Simón se vio obligado a seguir; es el mismo que Jesús nos indica cuando nos invita a tomar nuestra cruz cada día y a seguirlo. Al hacerlo, experimentaremos que la luz de la esperanza sigue brillando incluso en la oscuridad; que Jesús sostiene la cruz con nosotros y nunca nos deja solos… Descubriremos que, tal como él mismo nos prometió, con él se disfruta de la vida y de la verdadera alegría.


