La gran basílica de Santa María de los Ángeles fue construida por voluntad del papa san Pío V entre 1569 y 1679. Gravemente dañada por un terremoto en 1832, fue restaurada y su fachada fue remodelada radicalmente.
La construcción se realizó para custodiar en su interior algunos lugares vinculados a la figura de san Francisco, que con el tiempo se convirtieron en destino de peregrinación para un número cada vez mayor de devotos del Santo. En su interior se encuentran, de hecho, la Porciúncula, la capilla del Tránsito, la capilla de las Rosas y el Rosal.
La Porciúncula
Situada en el centro, bajo la cúpula de la basílica, constituye el corazón del santuario, ya que es uno de los lugares franciscanos más importantes: entre sus muros san Francisco comprendió claramente su vocación y aquí fundó la Orden de los Hermanos Menores en 1209, confiándola a la protección de la Virgen Madre de Cristo, a quien está dedicada la pequeña iglesia; aquí acogió a santa Clara y en 1216, en una visión, Francisco obtuvo del propio Jesús la Indulgencia conocida como «Indulgencia de la Porciúncula» o «Perdón de Asís», aprobada por el papa Honorio III (la información detallada sobre el Perdón de Asís está extraída del Messalino Sulla Tua Parola, bimestre julio-agosto de 2022, cód. 511).
La capilla del Tránsito
Se trata de una sencilla estancia de piedra donde se encontraba la enfermería del convento primitivo. Aquí san Francisco pasó los últimos días de su vida y, depositado desnudo sobre la tierra desnuda, murió la tarde del 3 de octubre de 1226, después de componer los últimos versos de su Cántico de las criaturas.
La capilla de las Rosas
Es el lugar donde se encontraba originalmente la cabaña que albergaba a san Francisco, transformada en capilla por voluntad de san Buenaventura de Bagnoregio alrededor de 1260 y ampliada por san Bernardino de Siena hacia 1440.
El Rosal
Esta zona del santuario es lo que queda del antiguo bosque donde vivían los frailes. Aquí se encuentra el Rosal, entre cuyas espinas una noche Francisco se revolcó para vencer la duda y la tentación. Según una tradición documentada ya a finales del siglo XIII, las zarzas, al entrar en contacto con el cuerpo del Pobrecillo, se transformaron en rosas sin espinas, dando origen a la «Rosa Canina Assisiensis», que todavía hoy sigue floreciendo únicamente en la Porciúncula.
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