Teresa del Niño Jesús es una de las grandes maestras de la vida espiritual de nuestro tiempo, hasta el punto de que el papa Pío XI la definió como «obra maestra de la naturaleza y de la gracia», «una palabra viva de Dios» y «la santa más grande de los tiempos modernos».

El papa Francisco nos lo recordó en la exhortación apostólica C’est la confiance, publicada 150 años después del nacimiento (1873) de la pequeña santa carmelita, doctora de la Iglesia, y en el centenario de su beatificación (1923). Para celebrar tales aniversarios y rendir homenaje a la figura y la obra de Teresa, se celebró un año jubilar, que concluyó solemnemente el domingo 7 de enero, con la celebración eucarística y el cierre de la Puerta Santa, presididos por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos. En la homilía, el purpurado subrayó: «Vuestros nombres están escritos en los cielos: esta afirmación de Jesús, que la pequeña Teresa aplica a sí misma, es la raíz de la alegría y la confianza cristianas».
A lo largo del año jubilar que acaba de concluir, se ha profundizado en el mensaje, sumamente actual, y en el valor de la experiencia de esta gran santa, conocida y amada en todo el mundo, invocada por millones de devotos como la «santa de las rosas». Pero no todos saben que también es invocada como la «santa del amor divino» y «la santa que hace temblar al infierno». ¿Por qué? Por la confianza y el amor con que vivió la fe: «Es la confianza y nada más que la confianza la que debe conducirnos al Amor». Estas palabras, que Teresa escribe en septiembre de 1896, sintetizan el genio de su espiritualidad, en la que emerge la continua conciencia de la presencia y la acción de Jesús.
En el libro Historia de un alma, publicado por primera vez en 1898, Teresa no escribe un tratado espiritual, sino que cuenta su vida, que se desarrolla bajo el signo del amor de Jesús y por Jesús. Al recordar su infancia, afirma: «Quería amar, amar a Jesús con pasión».
En este escrito suyo emerge toda la fuerza de su espiritualidad, conocida como «pequeño camino» o «camino de la infancia espiritual», que nace de la vida y remite a la vida. Su experiencia personal de vida coincide con su propuesta espiritual: «Hacer amar al buen Dios como yo lo amo, dar mi pequeño camino a las almas».

Lo que cuenta para ella es la acción de Dios, la gracia, no los méritos personales, porque es el Señor quien santifica: «¡El ascensor que debe elevarme hasta el Cielo son tus brazos, oh Jesús! Por eso no necesito crecer; al contrario, debo permanecer pequeña, y serlo cada vez más».
Por tanto, la actitud más adecuada, que debemos hacer nuestra, es depositar la confianza en la infinita misericordia de un Dios que nos ama sin límites, hasta el punto de entregarse por completo en la pasión y muerte de Jesús. Es esta confianza la que vence el miedo, disipa las tinieblas, aleja el mal, libera de los temores y las dudas que quitan la paz del corazón, y nos hace avanzar en esa santidad, que ella hace consistir no en realizar grandes acciones, sino todos los actos cotidianos, incluso los más insignificantes, por amor a Dios: «La santidad no consiste en esta o aquella práctica, sino en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre».

Lo que cuenta para ella es la acción de Dios, la gracia, no los méritos personales, porque es el Señor quien santifica: «¡El ascensor que debe elevarme hasta el Cielo son tus brazos, oh Jesús! Por eso no necesito crecer; al contrario, debo permanecer pequeña, y serlo cada vez más».
Por tanto, la actitud más adecuada, que debemos hacer nuestra, es depositar la confianza en la infinita misericordia de un Dios que nos ama sin límites, hasta el punto de entregarse por completo en la pasión y muerte de Jesús. Es esta confianza la que vence el miedo, disipa las tinieblas, aleja el mal, libera de los temores y las dudas que quitan la paz del corazón, y nos hace avanzar en esa santidad, que ella hace consistir no en realizar grandes acciones, sino todos los actos cotidianos, incluso los más insignificantes, por amor a Dios: «La santidad no consiste en esta o aquella práctica, sino en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre».

La confianza que Teresa nos propone es un acto de amor cotidiano; es elegir cada día permitir que Dios actúe en nuestra vida; es abandonarse a él, incluso cuando no se comprende, incluso cuando todo está oscuro; es el deseo profundo de renunciar a todas las seguridades humanas para fundar la propia esperanza en Dios. Asimismo, el cardenal Semeraro, retomando las palabras del teólogo francés padre François-Marie Léthel, especificó en su homilía que: «La contribución más evidente y original de Teresa se refiere a la esperanza, con nuevos horizontes y nuevas perspectivas. Es también su mensaje más actual en un momento de grandes sufrimientos para la Iglesia y toda la humanidad». Un mensaje de esperanza para todos, que es ese hilo conductor que une a santa Teresa con el jubileo que se abrirá en 2025 y cuyo lema será: “Peregrinos de esperanza”. Y precisamente «en tal contexto -observó nuevamente Semeraro- podremos sin duda volver a meditar sobre nuestra Teresa, que fue una mujer de esperanza».

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