La fiesta del Bautismo del Señor cierra el tiempo de Navidad y da comienzo al Tiempo Ordinario. Es una fiesta significativa, porque nos recuerda el amor de Dios por nosotros, nos recuerda que somos hijos amados y, por eso, llamados a vivir de manera extraordinaria nuestra vida ordinaria.
Meditemos sobre esta fiesta con el padre Andrea Vena, quien nos muestra cómo puede “resonar” en nuestra vida.
Del Evangelio según san Mateo 3,13.16-17
Entonces Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua; y en ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».
Jesús se sumerge en el pueblo
Con el bautismo en el Jordán, Jesús inaugura su actividad pública, cuando tiene unos 30 años (Lc 3,23). Jesús se dirige a las orillas del Jordán, donde Juan el Bautista está bautizando y donde «acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén» (Mc 1,5). Por tanto, lo primero que hace Jesús es sumergirse en el pueblo, entre el pueblo, compartiéndolo todo, excepto el pecado. Al unirse a la gente que pide a Juan el bautismo de conversión, Jesús comparte con cada persona también el profundo deseo de renovación interior que solo él podrá conceder plenamente, cumpliendo hasta el final la misión que el Padre le ha confiado: dar la vida muriendo en la cruz.

Cada uno es un hijo amado
Cuando Jesús sale del agua […] El Espíritu -en forma de paloma- se posa sobre Jesús y encuentra en él su morada. […] Y la voz del cielo confirma este hecho: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección» (Mt 3,17). Pero no solo eso. En Jesús, estas palabras se dirigen hoy a cada uno de nosotros: cada uno es un hijo amado; el Padre está feliz, se complace en cada uno de nosotros. Entonces, el Espíritu de Dios puede posarse sobre cada uno de nosotros, porque en cada uno de nosotros hay «tierra nueva», cada uno de nosotros es un hijo amado, cada uno de nosotros ha sido creado de manera admirable (Sal 139,14). Cada uno de nosotros está hecho a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27).
«Cristiano, conviértete en lo que eres»
Se trata de comprender (es decir, acoger dentro, entender con el corazón) que el Espíritu habita en nosotros: Jesús nos ha convertido en templo de Dios, morada del Espíritu (1 Cor 3,16). Su presencia es dulce y no viene a quitarnos algo, sino a dárnoslo todo. Pensemos en un artista frente al bloque de mármol que debe esculpir. Él ya tiene la obra en su mente; con el corazón y la imaginación ya la ve en ese bloque. Solo tiene que “sacarla”, pero la obra ya está toda allí. Así pues, Dios es el artista de nuestra vida: permitámosle sacar a la luz la maravillosa obra que somos. Permitamos que el Espíritu actúe en nosotros para que colaboremos con este proyecto. […] Depende de nosotros convertirnos en lo que somos: obra de Dios, o como escribía san Ireneo: «Cristiano, conviértete en lo que eres».

Lo extraordinario en lo ordinario
«No importa qué tengamos que hacer: sostener una escoba o una pluma estilográfica. Hablar o callar, remendar o dar una conferencia, cuidar a un enfermo o escribir a máquina. Todo eso no es más que la corteza de la espléndida realidad, el encuentro del alma con Dios, renovado a cada minuto, que a cada minuto crece en gracia, cada vez más hermosa para su Dios. ¿Llaman? Enseguida, vayamos a abrir: es Dios quien viene a amarnos. ¿Una información? […] Aquí está: es Dios quien viene a amarnos. ¿Es hora de sentarnos a la mesa? Vamos: es Dios quien viene a amarnos. Dejémosle actuar» (Madeleine Delbrêl)
Somos «tierra nueva»
Al meditar sobre el Bautismo de Jesús, pidamos que nos ayude a tomar conciencia de que somos «tierra nueva», de que el Espíritu de Dios habita en nosotros. En todos nosotros. Que el Espíritu nos ayude a escuchar la voz del Padre, a hacer que esta voz resuene continuamente en nosotros. Nada puede obstaculizar esta voz, salvo nuestra distracción, nuestra vida superficial. Intentemos entonces detenernos y escuchar esta voz en nosotros. No debemos temer sentirnos fuera de lugar ni no sentirnos a la altura de esta voz. Dios habló una vez y no se retracta; ¡somos nosotros quienes nos retractamos! En Jesús, el Padre habló de una vez para siempre: «Tú eres mi Hijo muy querido…».
Este texto está extraído del libro del padre Andrea Vena, Mirar a Jesús con la mirada de María, una de nuestras últimas novedades editoriales.


