¡Un llamamiento urgente llega desde el corazón de África, desde Kibeho! El 15 de agosto de 1983, durante una aparición a Alphonsine Mumureke, la Virgen María se presenta como la «Madre del Verbo» y nos confía un llamamiento que nos sacude por dentro: «Orad sin interrupción por la Iglesia, porque grandes tribulaciones la esperan en los tiempos venideros». Es un llamamiento vibrante, una invitación urgente a rezar con todo nuestro corazón por la Iglesia, llamada a afrontar desafíos complejos en un mundo en el que la fe se pone cada vez más a prueba. Pero ¿de qué manera nos concierne personalmente este mensaje?
Pero cuando pensamos en la Iglesia, ¿qué nos viene realmente a la mente?
Con demasiada frecuencia la reducimos a la jerarquía (el Papa, los obispos), a la parte institucional o quizá a nuestra pequeña experiencia negativa con el sacerdote de la parroquia, con el oratorio donde crecimos, con la catequista. Y luego, seamos sinceros, nos formamos una idea de la Iglesia echando un vistazo a las redes sociales, navegando por internet, leyendo ciertos periódicos que nos muestran una imagen distorsionada, hecha solo de escándalos y llena de los prejuicios del mundo actual. Así corremos el riesgo de perder de vista su verdadera esencia, su profundo misterio que solo la fe puede revelar.
La palabra «Iglesia» significa «convocación». Designa la asamblea de aquellos a quienes la Palabra de Dios convoca para formar el pueblo de Dios y que, alimentados por el Cuerpo de Cristo, se convierten ellos mismos en cuerpo de Cristo. ¿Entendemos lo que esto significa? ¡La Iglesia soy yo, eres tú, somos nosotros! La Iglesia somos nosotros, los bautizados; somos nosotros el pueblo de Dios que él reúne de todo el mundo. La Iglesia es a la vez visible y espiritual, sociedad jerárquica y cuerpo místico de Cristo. Es una, formada por un elemento humano y un elemento divino. Este es su misterio, que solo la fe puede acoger. La Iglesia es en este mundo el sacramento de la salvación, el signo y el instrumento de la comunión de Dios y de los hombres.
Y las apariciones de Kibeho, iniciadas el 28 de noviembre de 1981, reconocidas oficialmente por la Iglesia católica en 2001 gracias al nihil obstat del obispo de Gikongoro, monseñor Augustin Misago, nos invitan a rezar por la Iglesia para que sea un faro de esperanza, por el futuro del mundo entero y para afrontar los desafíos de nuestro tiempo con la fuerza de la fe.
¿Cuáles son estas «grandes tribulaciones» que nos esperan?
No pensemos solo en amenazas externas, en enemigos que vienen de fuera. ¡No! El peligro más insidioso proviene de nosotros mismos. La vidente Alphonsine Mumureke, ahora hermana Umutima, en una entrevista llena de pasión, nos recuerda que, aunque la Iglesia pertenece a Cristo y nadie podrá destruirla jamás, como él mismo dijo, esto no significa que no habrá terribles pruebas que puedan poner en crisis la fe, especialmente la de los más frágiles.
Entonces, estas tribulaciones nos afectan directamente, ¡porque somos pecadores! La condición de pecado nos aleja de Dios, generando debilidad y confusión. Pero es precisamente en esta fragilidad donde Dios se hace más cercano a nosotros, y las pruebas se convierten en una invitación apremiante a cambiar de vida, a regresar a la fe, a la gracia, a Dios con todo nuestro ser, para vivir como verdaderos cristianos.
Estas «grandes tribulaciones» no son un destino ineludible, algo de lo que no podemos escapar. Al contrario, son una fuerte llamada a comprometernos concretamente en la conversión continua, utilizando las armas espirituales que tenemos a nuestra disposición: la oración, la penitencia, una vida que sea un verdadero testimonio del Evangelio. Solo así podremos ser miembros vivos y activos de una Iglesia que, incluso en medio de las tormentas de la historia, permanece firmemente anclada en la fe en Cristo, nuestro Salvador.
¿Qué podemos hacer concretamente?
La respuesta de la Virgen es sencilla y contundente en su esencialidad: debemos rezar siempre, sin cansarnos jamás, y rezar por la Iglesia. Esta oración incesante no es una fórmula mágica para evitar los problemas y los momentos más difíciles, <|DELIM_MHZ|>sino un vínculo vital con Cristo que nos infunde la fuerza del Espíritu Santo para afrontar las dificultades y permanecer firmes en la fe.
En Kibeho, la Virgen se nos apareció afligida, y este llamamiento suyo es un intento desesperado de arrancar a la humanidad de su autodestrucción. Por tanto, rezar por la Iglesia también significa implorar la salvación de toda la humanidad, para que no se aleje de Dios.
Además, el mensaje de Kibeho nos advierte de un mal hábito: el de criticar a la Iglesia sin reconocer nuestra parte de culpa en sus debilidades.
En lugar de desanimarnos ante sus caídas, estamos llamados a unirnos a ella, a llevar con dignidad sus fragilidades y a seguir rezando y comprometiéndonos por su bien. Además de rezar, estamos llamados a ser testigos de amor y unidad, llevando la luz de Cristo a nuestras familias, nuestros lugares de trabajo y nuestras comunidades.
Aquel llamamiento que resonó hace cuarenta años en Kibeho resuena hoy con la misma fuerza y urgencia. Es hora de responder con valentía y determinación, de rezar y actuar, para que la Iglesia pueda afrontar las tribulaciones con la fuerza que solo Dios puede dar.
¿Qué decidirás hacer en respuesta a este llamamiento?
Si quieres saber más, lee: Las apariciones de Kibeho. De viva voz de Alphonsine. Una apasionante entrevista en la que el padre Gianni Sgreva dialoga con Alphonsine Mumureke, quien abre su corazón para contar aspectos inéditos de su familia y de su vida personal.
