Continúa la colaboración entre don Alessio Fucile, experto en arte, y el blog Shalom. Don Alessio nos guiará para profundizar en los momentos más importantes del año litúrgico a través de bellísimas obras de arte que, además de despertar en nosotros admiración por su esplendor, pueden ayudarnos a comprender mejor las Sagradas Escrituras y el mensaje de Jesús.
Don Alessio presenta hoy el mosaico «Cristo Pastor», que se puede admirar en el mausoleo de Gala Placidia, en Rávena.
Comenzamos un nuevo viaje para descubrir las maravillas creadas por el arte del pasado. En el Templo de Jerusalén, Jesús se reveló diciendo: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas». Esta poderosa imagen de Jesús como el buen pastor hunde sus raíces en los primeros días del arte cristiano, visible en las antiguas pinturas de las catacumbas.



Hoy te guío a través del mosaico alegórico de Cristo pastor, situado en la entrada del mausoleo de Gala Placidia, en Rávena. El paisaje está representado con realismo y atención a los detalles. Jesús, sentado en el centro de la luneta, representa el camino por el que las ovejas «entrarán y saldrán y encontrarán pastos», como se narra en el Evangelio de Juan.
El bastón y el cayado, símbolos del Pastor divino mencionados en el Salmo 23, convergen en la cruz, emblema de salvación. El bastón corto guía al rebaño y lo protege de las amenazas, mientras que el cayado largo y curvado recupera a las ovejas perdidas y las devuelve al camino recto.
Jesús se alza sobre una roca de tres escalones, metáfora de la Trinidad y de la vigilancia del pastor sobre su rebaño. Esta imagen evoca los montes bíblicos, lugares de alianzas divinas: desde el Sinaí hasta el Calvario, donde la última alianza fue sellada con la sangre de Cristo. A la izquierda, detrás de las ovejas, se vislumbra una colina que oculta el sepulcro de Cristo.

El «buen pastor» sin barba, que se convertiría en una figura característica del arte posterior, encanta y atrae a las ovejas con su amor genuino y la promesa de una existencia plena de sentido. Es un pastor universal, vestido a la romana, que transforma la cruz, instrumento de tortura, en un instrumento de misericordia y redención.
Vestido con una túnica dorada y un manto púrpura, colores imperiales y divinos, Jesús es el viviente, el victorioso. Su divinidad se manifiesta en el servicio y el cuidado del rebaño. Las ovejas, dispuestas en quiasmo, están todas orientadas hacia él, cada una conocida y amada personalmente.
El juicio universal, descrito en el capítulo 25 de Mateo, nos recuerda que, a pesar del deseo de salvación del pastor, la libertad de las ovejas para aceptar o rechazar su amor sigue siendo sagrada.
La túnica dorada de Jesús simboliza la incorruptibilidad y la fidelidad eterna. La promesa del pastor es que «hemos venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia». Incluso en las noches más oscuras, sintámonos siempre sostenidos y guiados por esta fidelidad inmutable.
Como ovejas en un mosaico de vida, podemos sentirnos perdidos, con piezas que parecen no encajar. Pero es en este contexto donde Jesús nos llama por nuestro nombre, conociéndonos profundamente. En la luneta opuesta, las estrellas evocan el Salmo 147: «Él cuenta el número de las estrellas y llama a cada una por su nombre», símbolo del creador que da sentido a la existencia de cada ser.
Sintámonos llamados por este pastor y permitamos que su presencia transforme nuestra vida.

La guía del Buen Pastor: un refugio en la carrera de la vida
En el tumulto de nuestros días, es fácil ignorar la llamada del buen pastor y seguir, en cambio, a quienes resultan ser mercenarios. Jesús advierte: «El mercenario… ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye… no le importan las ovejas». Esta metáfora nos recuerda que, a pesar de la libertad que se nos ha concedido, a menudo nos perdemos, atraídos por falsos guías en un mundo caótico y a veces cruel.
Pero el verdadero pastor nunca se resigna a nuestra perdición. Sigue buscándonos, como el pastor que deja a las noventa y nueve ovejas para encontrar a la que se había perdido, reflejando la voluntad del Padre celestial de que «no se pierda ni uno de estos pequeños».

Escuchemos la voz de este pastor, apasionado por las almas, que nos guía con amor auténtico, hasta el sacrificio de su propia vida por nuestra salvación. «El buen pastor da la vida por sus ovejas».
Detengámonos ante la imagen del buen pastor y meditemos sobre estas palabras: «El Señor es mi pastor: nada me falta. En verdes pastos me hace descansar, a aguas tranquilas me conduce. Repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiegan».
Estos versos del Salmo 23 nos ofrecen consuelo y seguridad, recordándonos que, a pesar de los desafíos y los miedos, nunca estamos solos. La presencia del pastor es una constante certeza de protección y guía.


