Este artículo quisiera llegar a quienes están viviendo y viven el dolor desgarrador de la pérdida de un hijo como una caricia que siga hablando de vida y esperanza, a pesar de todo.
Cuando el papa Francisco se reunió con el grupo Talità Kum, formado por padres afectados por esta inmensa tragedia, les ofreció palabras que transmiten verdad, vida vivida y sufrida; no palabras banales de circunstancias, sino una «caricia» para el corazón y «los brazos abiertos» ante su dolor.
Ante todo, definió el dolor por la pérdida de un hijo como un dolor «lacerante y sin explicación» y rechazó con firmeza las «banales palabras religiosas o sentimentales, estériles ánimos o frases de circunstancias», que terminan por herir aún más a quien cada día libra una dura batalla interior. «No debemos caer en la actitud de los amigos de Job», advirtió, rechazando los penosos intentos de justificar el sufrimiento o de recurrir a estériles teorías religiosas.
Dios camina a nuestro lado
La respuesta de Dios ante este dolor inconmensurable no es un discurso ni una teoría, sino su cercanía, su caminar junto a quien sufre. Como Jesús, que se dejó tocar por nuestro dolor, recorrió nuestro mismo camino y no nos deja solos, sino que nos libera del peso que nos oprime llevándolo por nosotros y con nosotros.
La oración: una luz en la oscuridad
En esta oscuridad, el papa Francisco señala un hilo delgado pero tenaz al que aferrarse: la oración. Un grito dirigido a Dios en todo momento, incluso cuando faltan las palabras. Preguntas desgarradoras como «¿Por qué, Señor? ¿Por qué me ha pasado precisamente a mí? ¿Por qué no interviniste? ¿Dónde estás?» no resuelven el drama, pero son saludables, porque obligan a escarbar en un recuerdo doloroso y a llorar la pérdida, convirtiéndose en el primer paso de la súplica y abriendo el corazón para recibir el consuelo y la paz interior que el Señor no deja de conceder. «No hay nada peor que acallar el dolor, ponerle el silenciador al sufrimiento».
El Evangelio nos recuerda la historia del padre de Jairo. Ante la noticia de la muerte de su hija, Jesús no se rinde, sino que dice: «¡No temas, solo ten fe!». Y sigue caminando con aquel padre afligido, entra en su casa invadida por la muerte y, tomando a la niña de la mano, le devuelve la vida. Debemos recordar siempre que la esperanza cristiana nos asegura que la muerte no tiene la última palabra.
Un libro útil y valioso para sostener la esperanza y alimentar con la oración el dolor de la separación es El último viaje… de puntillas. Con meditaciones y oraciones sobre el misterio de la muerte, ofrece apoyo con ocasión de la muerte de un hijo o de un ser querido, porque ayuda a vivir el nacimiento de una nueva relación de comunión mediante la reflexión y la oración.
El Señor consuela
Este es el mensaje de esperanza que el papa Francisco quiere sembrar en los corazones de estos padres: «El Señor no deja sin consuelo». A sus lágrimas y preguntas, responde dándoles la certeza de que Él toma de la mano a esos hijos que ya no están para ayudarlos a levantarse: «Y es hermoso pensar que vuestras hijas e hijos, como la hija de Jairo, fueron tomados de la mano por el Señor; y que un día volveréis a verlos, los abrazaréis de nuevo, podréis disfrutar de su presencia bajo una luz nueva, que nadie podrá quitaros».
Entonces, se verá la cruz con los ojos de la resurrección, como ocurrió con María y los Apóstoles. Esa esperanza, que floreció en la mañana de Pascua, es lo que el Señor quiere hacer crecer en sus corazones, incluso en medio de las lágrimas.
Concluimos con el mismo deseo y la misma invitación del papa Francisco a no perder la esperanza y a no apagar «la alegría de vivir», sintiendo el abrazo de Dios que acompaña y no nos deja solos.
