Ayer leímos la primera parte de la valiosa contribución de monseñor Raffaello Martinelli para adentrarnos en la belleza de la Dilexit nos; hoy concluimos esta panorámica para recibir de la cuarta encíclica del Papa la luz y la sabiduría amorosa que brotan del Sagrado Corazón de Jesús.

DILEXIT NOS
Carta encíclica del papa Francisco
sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo
Presentación de S. E. monseñor Raffaello Martinelli
SEGUNDA PARTE
¿Cómo ilumina la Biblia de un modo nuevo el corazón humano?
El corazón «en la Biblia y en los primeros siglos de la Iglesia aparecía representado en el costado herido del Señor, como fuente de la gracia o como llamada a un encuentro íntimo de amor» (n. 78).
La Biblia «muestra que al pueblo que había caminado por el desierto y esperaba la liberación se le anunciaba una abundancia de agua vivificante» (n. 93).
«Los primeros cristianos veían realizada esta promesa en el costado abierto de Cristo, fuente de la que brota la vida nueva» (n. 96).
«En el Corazón traspasado de Cristo se concentran, escritas en la carne, todas las expresiones de amor de las Escrituras» (n. 101).
Es Cristo quien nos «muestra que Dios es cercanía, compasión y ternura» (n. 35), como ocurre, por ejemplo, en sus encuentros con la samaritana, con Nicodemo, con la prostituta, con la mujer adúltera, con el ciego del camino… (cf. nn. 36-46).
El Corazón de Cristo contiene un triple amor, como afirmaba el papa Benedicto XVI: el amor sensible de su corazón físico y su doble amor espiritual: humano y divino, en el que encontramos lo infinito en lo finito (cf. nn. 64-66).
El Papa escribe que «podemos afirmar una vez más que el Sagrado Corazón es una síntesis del Evangelio» (n. 83), que nos hace descubrir que de este amor del Corazón de Cristo nada «podrá separarnos jamás» (Rm 8,39), porque Cristo mismo había asegurado a sus discípulos: «Yo los he amado» (Jn 15,9.12).
¿Qué santos cita el Papa?
La devoción al Corazón de Cristo ha involucrado a muchos santos; algunos de ellos son citados expresamente por el Papa, pues destacaron, practicaron y recomendaron la devoción al S. Corazón de Jesús. También por esto, en 1856 el papa Pío IX extendió la fiesta del Sagrado Corazón a toda la Iglesia.
Entre los santos que cita el Papa están:
- San Agustín, que «abrió el camino a la devoción al Sagrado Corazón como lugar de encuentro personal con el Señor» (n. 103),
- San Buenaventura (n. 106) y santa Catalina de Siena, «que ven en el Corazón abierto de Cristo la posibilidad de un encuentro actual con tal amor» (n. 111),
- San Francisco de Sales, que reconoce en él «una llamada a la plena confianza en la acción misteriosa de su gracia» (n. 114),
- Santa Margarita María Alacoque (n. 121),
- San Claudio de la Colombière (nn. 125-128), que vincula «la experiencia espiritual de santa Margarita con la propuesta de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola» (n. 143),
- San Carlos de Foucauld (cf. nn. 129-132), que quiere dejar actuar en sí al Corazón de Jesús, para que ya no sea él quien viva, sino que el Corazón de Jesús viva en él (cf. n. 132),
- Santa Teresa de Lisieux (cf. 133-142), que «lo resume todo en la confianza, como la mejor ofrenda agradable al Corazón de Cristo» (n. 138),
- San Vicente de Paúl, para quien «lo que Dios quiere es el corazón» (n. 148),
- San Pío de Pietrelcina y santa Teresa de Calcuta, que «hablan con sentida devoción del Corazón de Cristo» (n. 149),
- Santa Faustina Kowalska, que vuelve a proponer la devoción al Corazón de Cristo «con un fuerte acento en la vida gloriosa del Resucitado y en la misericordia divina… San Juan Pablo II vinculó íntimamente su reflexión sobre la misericordia con la devoción al corazón de Cristo» (n. 149).
El papa Francisco señala también el lugar del Sagrado Corazón en la espiritualidad de la Compañía de Jesús, que «siempre ha propuesto un conocimiento interior del Señor para amarlo y servirlo mejor» (n. 144), hasta el punto de que el itinerario de los Ejercicios espirituales ignacianos culmina en la «Contemplación para alcanzar el amor, de la que brotan el agradecimiento y la ofrenda de la memoria, el entendimiento y la voluntad al Corazón, que es fuente y origen de todo bien» (n. 145).
¿Qué frutos brotan de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús?
De ella brotan diversos frutos complementarios. El Papa señala algunos, como por ejemplo:
- Sentirnos amados por Él y capacitados para amar en unión con su Corazón humano: amor por amor. El Señor nos llama «a construir una nueva civilización del amor» (n. 182), ya que «nos permite amar como Él amó y así Él mismo ama y sirve a través de nosotros» (n. 203);
- una intensa experiencia de consuelo: «Vale la pena recuperar esta expresión de la experiencia espiritual desarrollada en torno al Corazón de Cristo: el deseo interior de consolarlo… Si el Amado es lo más importante, ¿cómo no querer consolarlo?» (n. 152). «En esta contemplación del Corazón de Cristo entregado hasta el extremo somos consolados… Deseosos de consolarlo, salimos consolados» (n. 161);
- la invitación a unirnos y participar en su Misterio Pascual: «Mientras intentamos ofrecer algo a Cristo para su consuelo, nuestros propios sufrimientos son iluminados y transfigurados por la luz pascual del amor» (n. 157);
- el sentido profundo de la idea de reparación cristiana, que «no puede entenderse solo como un conjunto de obras exteriores, que también son indispensables y a veces admirables. Exige una espiritualidad, un alma, un sentido que le confieran fuerza, impulso y creatividad incansable. Necesita la vida, el fuego y la luz que le vienen del corazón de Cristo» (n. 184);
- el surgimiento de la compunción, que «no es un sentimiento de culpa que nos tira al suelo, no es un escrúpulo que nos paraliza, sino un aguijón beneficioso que arde dentro y sana…: (es) el milagro de la tristeza, de la buena tristeza que conduce a la dulzura» (n.159). Y, por tanto, quien se compunge «se ata cada vez menos a sí mismo y más a Cristo, y se vuelve pobre de espíritu […], quien se compunge en el corazón se siente más hermano de todos los pecadores del mundo» (n. 190);
- el impulso a purificarnos de nuestros pecados, pues «el amor necesita la purificación de las lágrimas que al final nos dejan más sedientos de Dios y menos obsesionados con nosotros mismos» (n.158), para experimentar así «el milagro de la tristeza, de la buena tristeza que conduce a la dulzura» (n.159). Y por eso «el dolor que sentimos en el corazón deja lugar a una confianza total y, al final, lo que queda es gratitud, ternura, paz; queda su amor que reina en nuestra vida» (n. 161);
- la percepción de la renovada misión cristiana, de persona a persona, al servicio del Evangelio: «A la luz del Sagrado Corazón, la misión se convierte en una cuestión de amor, y el mayor riesgo en esta misión es que se digan y se hagan muchas cosas, pero no se logre provocar el feliz encuentro con el amor de Cristo que abraza y salva» (n. 208). Por tanto, tal misión «requiere misioneros enamorados, que se dejen conquistar nuevamente por Cristo y que no puedan dejar de transmitir este amor que ha cambiado su vida» (n. 209); y que por ello busquen «comunicar el amor de Cristo a los demás» (n. 216);
- el redescubrimiento del papel indispensable de la Iglesia: «No se debe pensar en esta misión de comunicar a Cristo como si fuera solo algo entre Él y yo. Se vive en comunión con la propia comunidad y con la Iglesia» (n. 212). Por tanto, es indispensable para toda la Iglesia «una nueva profundización en el amor de Cristo representado por el Sagrado Corazón» (n. 89);
- la afirmación del lugar especial que ocupa en la Iglesia la Virgen María, como madre, miembro, modelo y tipo de la Iglesia. Por tanto, la devoción al Sagrado Corazón de María «no quita nada a la única adoración debida al Corazón de Cristo, sino que la estimula» (n. 176).
¿Cómo concluye el Papa esta encíclica?
La concluye con una oración: «Pido al Señor Jesús que de su santo Corazón broten para todos nosotros ríos de agua viva para sanar las heridas que nos infligimos, para fortalecer nuestra capacidad de amar y servir, para impulsarnos a aprender a caminar juntos hacia un mundo justo, solidario y fraterno. Esto, hasta que celebremos felizmente unidos el banquete del Reino celestial. Allí estará Cristo resucitado, que armonizará todas nuestras diferencias con la luz que brota incesantemente de su Corazón abierto. ¡Que sea siempre bendito!» (n. 220). A las puertas del Jubileo, el Corazón de Cristo nos fortalezca a todos en la esperanza, que «no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).
Leamos y releamos a menudo la Dilexit nos para adentrarnos cada vez más profundamente en el Sagrado Corazón de Jesús, el lugar seguro donde sentirnos amados y protegidos y desde el que siempre podemos volver a partir para llevar su amor al mundo.
¿Te han ayudado las palabras de monseñor Martinelli a comprender la Dilexit nos?
Entonces compártelas con las personas que amas. ¡Será un regalo muy apreciado!


