La Cuaresma, tiempo fuerte por excelencia, es cada año un don, una oportunidad...; sale a nuestro encuentro con el transcurrir de los días, como un signo del amor fiel del Padre que, siempre dispuesto a acogernos en su casa, nos ofrece continuas ocasiones para volver a él, reencontrarnos con nosotros mismos, retomar el camino de la conversión, saborear la dulzura de su Palabra, dar un sentido profundo a cada instante.
Para vivir esta Cuaresma de una manera renovada, podríamos empezar a leer -cada día- algunos versículos de la pasión de Jesús: cada evangelista la presenta con detalles diferentes y en cada relato podemos encontrar motivos de reflexión y meditación.
¿Por qué leer el relato de la pasión?
Porque en ese relato tenemos la posibilidad de reencontrar todo lo que somos y todo lo que es Dios. En aquella noche, el Maestro nos dio la última y más importante “lección” -antes de la resurrección- sobre el amor y sobre lo que significa “amar”.
Recorrer los cuarenta días que nos separan de la Pascua en compañía de Aquel que se puso en manos de los hombres y afrontó la noche, el dolor, el abandono, las tinieblas, la traición, la incomprensión, la angustia, la turbación, el cansancio... la muerte, nos fortalecerá interiormente, recordándonos que en la noche, en el dolor, en el abandono, en las tinieblas, en la traición, en la incomprensión, en la angustia, en la turbación, en el cansancio... en la muerte, nunca estamos solos.
Mientras descubrimos los “secretos” de aquella noche de pasión, de aquella noche de amor, el padre Bruno Tarantino nos invita a identificarnos con los coprotagonistas que la vivieron: Juan, Simón Pedro, Judas Iscariote, Caifás, Pilato, Barrabás, las mujeres que siguen al Hijo por el Calvario, María, el centurión, los dos ladrones... También estos hombres y estas mujeres vivieron su “noche de pasión”; testigos oculares de un Dios condenado a muerte por mano del hombre, tuvieron que enfrentarse consigo mismos: con el miedo, la desesperación, la infidelidad, la debilidad, la decepción, el arrepentimiento...
Cada uno de nosotros ya ha vivido quién sabe cuántas “noches de pasión” y, quizá, esta misma Cuaresma nos encuentra “en la noche”; pues bien, lejos de juzgarnos -uno solo es el Juez-, dispongámonos a recorrer el camino hacia la Pascua de resurrección, permaneciendo abrazados a Jesús, que suda sangre en Getsemaní, es entregado a los guardias por Judas Iscariote, es traicionado por Simón Pedro, es abandonado por los discípulos, es “juzgado” por Pilato, es acompañado por María hasta el pie de la cruz... y vivamos con él cada instante, seguros de que nada se pierde a los ojos del Padre y de que cada latido del corazón encuentra sentido en el sacrificio del Hijo.
Aunque “por la noche” a menudo nos sintamos solos, que esta Cuaresma sea la ocasión propicia para crecer en la fe y experimentar que, desde que Jesús atravesó y venció su noche de pasión, ¡no estamos ni estaremos nunca solos!

