La vocación como llamada
¿A quién no le evoca “vocación” casi exclusivamente al sacerdote o a la monja? En realidad, el término vocación deriva del verbo latino “vocare” y su significado es llamar. Por tanto, la vocación es una llamada, una voz que desde dentro te llama a ser algo. Y si hay una llamada, no solo hay alguien que llama, sino que también debe haber alguien que responda.
¿Quién es el que llama? «Toda vocación específica -nos dice Benedicto XVI- nace de la iniciativa de Dios, ¡es don de la Caridad de Dios! Él es quien da el “primer paso”.

La vocación fundamental
Pero cuando el Señor llama, ¿a qué llama? Dios, que creó al ser humano por amor, también lo llamó al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Dios, en efecto, es amor y nos llama al amor. Desde esta perspectiva, el ser humano lo es, es decir, se realiza, solo cuando ama. Por tanto, la vocación de todos los hombres y, in primis, de todos los bautizados, es amar: amados por Dios, todos estamos llamados a corresponder a su amor, a ser «como» Él.
Hay dos formas de vida para llevar a término este proyecto de amor que Dios tiene para cada uno de nosotros: la consagración sacerdotal (o religiosa) o el sacramento del Matrimonio. Por tanto, también la vida matrimonial se configura como respuesta a la única vocación cristiana.

El Matrimonio es respuesta a una llamada
Con el sacramento del Matrimonio, los esposos responden a una llamada que Dios les ha dirigido. Esa llamada consiste en amar como Él ama.
Sin embargo, el «sí» pronunciado por los esposos el día de su matrimonio se enfrenta cada día a la dificultad de amar al propio cónyuge en sus fragilidades y debilidades. Esto significa que la llamada al Amor solo puede sostenerse con la gracia de Cristo. Por parte de los esposos, requiere una acogida continua de esa gracia que, recibida diariamente, hace que los cónyuges aprendan gradualmente, con tenaz perseverancia y humilde paciencia, a quererse y a amar como Jesús ama.
Es reconfortante saber que, a pesar de las dificultades normales y de los inevitables momentos difíciles, la presencia de Cristo sigue siendo el apoyo indispensable y un consuelo incomparable. Su voz, transmitida por la Palabra, nunca deja de llamar, consolar y animar a continuar el camino.

El Matrimonio involucra toda la vida de los esposos
Aceptar que el Matrimonio es la respuesta a una llamada implica aceptar que toda la vida es una respuesta a una llamada, es decir, una lectura de la vida como don, como una secuencia de oportunidades que no se presentan por casualidad, sino que se inscriben en un designio providente de Dios.
El matrimonio es, por tanto, una elección que debe involucrar toda la vida de los dos esposos. Se trata de una vida renovada en la que se elige cumplir la voluntad de Dios formando una unidad indisoluble con la persona amada, que pasa así a estar por encima de cualquier otro afecto y de cualquier otro vínculo terrenal.
Se puede objetar que el matrimonio cristiano es una utopía, porque ciertamente es difícil poder amar y ser amado por la misma persona durante toda la vida. Sin embargo, el centro del sacramento del matrimonio es Cristo: en él y con él todo es posible. La presencia viva de Jesucristo dentro de la pareja llega también allí donde las fuerzas humanas no llegan. Es la Gracia de Cristo, a través del sacramento del matrimonio y del camino de fe que los esposos recorren juntos día tras día, el verdadero centro, la verdadera roca sobre la que se construye el matrimonio cristiano.

Puntos de reflexión en pareja/en familia
Concluyamos este artículo con algunas preguntas que podrían ser un útil punto de reflexión:
- Dialoguemos como pareja y con nuestros hijos, y preguntémonos si de jóvenes nos planteamos cuál era la llamada de Dios para nosotros.
- ¿Éramos conscientes de que casarnos significaba responder a una llamada de Dios?
- ¿Hemos llegado a la certeza de que en nuestro vínculo está la mano de Dios, que nos precede y nos acompaña?
